(English version)

No me sentí la Eddie hasta que llegué al depa de la Michu. Su puerta estaba a medio abrir: me pareció que las paredes tapizadas de personajes carreteando, fumándose un cigarro bajo la luz rojiza del detector de incendios o dejando botellas de vodka apoyadas sobre el felpudo de gatos que se trajo de un mercado bianual en Marrakech, emanaban todos de ese departamento misterioso. Misterioso y acogedor. Reconocí a un par de actores de la compañía a la que la Michu le diseña los vestuarios: la holandesa obsesionada con hallar el tono de su Ophelia trastornada por una adicción a la heroína, con sus pómulos que parecen barrancos, llama la atención aunque una se trate de resistir; para qué decir el Franz, que insiste con andar de santero desde que un sahumerio le cambió la vida a pesar de que le insistimos que lo suyo es más apropiación cultural que un despertar afrocéntrico tardío.

Para entrar al depa tuve que esquivar los mimos de dos enormes plantas, sus hojas reclinadas por los caprichos de los gatos de la dueña de casa: Turín, el angora gris y gordo con los bigotes de un lado más claros que los del otro, y Nefertitis, la esvelta siamesa en cuyos ojos celestes puedes descubrir cómo falleciste en tu vida pasada. Dicen que siempre que alguien llama a la Michu por su nombre real, los gatos miran a esa persona, avergonzándola por su insolencia. Y también que si dices su segundo nombre (nadie lo conoce), los gatos se te lanzarán al cuello.

En el centro del living, recibiendo consultas como un oráculo de Delfos de porcelana, estaba la Michu. Se esforzaba por no perder de vista a nadie, que nadie se le pueda acercar sin que ella lo sepa. Apenas hicimos contacto visual, me llamó a su lado. Crucé el espacio esquivando a las bailarinas modernas, esas odaliscas de tobillos enyesados y aspiraciones oníricas, la carnada fresca para los abogados del mundo del espectáculo, esos que descubrieron una nueva ruta hacia el orgasmo cuando notaron que podían subirse a sus bicicletas eléctricas sin que se les arrugue el traje. La Michu me contó sobre el dilema que la aquejaba incluso antes de que comenzáramos a hablar: le habían encargado que vistiera a alguien que era incapaz de estarse quieto, debía lograr que el vestuario se notara a pesar de estar sometido a la difuminación constante de la inercia. Se sentía tan sobrepasada por esto, que una lágrima se asomó al borde de su ojo como si se tratara de un ladrón. Limpiándosela con mi índice, le dije que todo estaba bien. Que habláramos el lunes. Que juntas le podríamos encontrar una solución a ese problema y a cualquier otro. La Michu me abrazó, para después guiarme a la terraza, donde nos esperaba Sharon.

Sharon tiene la habilidad de cambiar completamente de apariencia con cada fotograma que habita. No hay dos retratos, dos escenas o dos momentos en que se vea igual, habilidad hacia la que ha apuntado su vida profesional: cada canción, disco, videoclip o esquirla musical, va enfocada en desperdiciar sus dones para la manipulación visual. Si tuviera que elegir una Sharon para describir, me quedaría con la mujer de juventud desteñida, pelo emplumado color cuervo y brazos pálidos surcados por las garras de los hombres que han tratado de atraparla. Completamente distinta de la mujer cuyo abrazo me llevó al borde de una dramática caída edificio abajo. Sharon variaba de colores como de costumbre, su voz adiamantada manteniendo mi atención en línea, mientras me describía el acertijo en el que se había metido con un artista plástico que desechaba tanto el rótulo de artista (por motivos ideológicos) como el de plástico (por motivos ambientales). Emocionalmente la había cautivado por completo, pero no había manera de que esto se tradujera en música que valiera la pena. Cada tarde maravillosa que pasaba reinventando el cosmos junto a él, reaparecía mutilada a la mañana siguiente en canciones plagadas de playas, unicornios rosados y centros comerciales. La disonancia entre expectativa y realidad no era algo nuevo para Sharon, pero que su respuesta no lograra desembarazarse de esos elementos sintéticos la tenía considerando un suicidio estético, canalizado en un estruendoso disco de synth pop. Mi consejo fue simple: debía capturar al (no)artista (no)plástico dentro de una cinta magnética y encarcelarlo en un lugar al que solo ella tuviera acceso. Sharon tomó la forma de una niña a la que acaban de arrullar. Me dio las gracias sin recurrir a palabras o gestos: debe haber entendido que mi consejo fue una copia de la copia con la que exorcizó las pesadillas que nuestro ya mítico affaire le había dejado.

Volví de la terraza con la necesidad de buscar algo para tomar. Saqué del refrigerador un jugo de naranjas rosadas recién exprimidas y lo mezclé con el último tercio de un vodka tan manoseado que ya no lograba dar con su punto de equilibrio. Mi elección de aperitivos llamó la atención de un personaje tan excéntrico, que hacía que todo lo que lo rodeaba pareciera fuera de lugar. Era la noción que tendría sobre los payasos de circo un director de comerciales para la televisión japonesa. En su hombro tenía sentado a un poodle enano, con un collar y gorrito de colores combinados, que momentos antes de que el payaso dijera algo, le copaba el oído de susurros. Me preguntaron mi nombre y mi ocupación. Les respondí algo a medio camino entre lo que querían escuchar y lo que yo quería decir. El poodle se mostró insatisfecho: enseñándome sus dientes, le comenzó a susurrar al payaso un monólogo sobre la integridad que este repitió como el eco en una caverna. Aproveché cada pausa o inflexión para arrojar mis objeciones, las que se fueron acumulando como flechas envenenadas hasta que el personaje perdió el control, momento que fue aprovechado por los gatos de la Michu para lanzarse sobre el poodle malvado. Libre al fin, el payaso me dio las gracias, junto con una invitación al espectáculo que montaría para celebrar su independencia. Yo respondí que me trataría de hacer el espacio y volví a deambular por el espacio cuando…

—Disculpa… ¿Eduarda? ¡Chésumadre, Eddie, en verdad erís tú! 

Los dedos largos, la palma áspera con la cicatriz que le sube por el dedo índice de cuando se cortó con la sierra, las uñas amarillentas manchadas con el polvo, tierra y barro del sur, la mano de José me tocó el antebrazo, pasando a acariciar mi piel con suavidad como si estuviera pidiendo mi autorización para leerme la suerte. Su contacto me envió de regreso hacia donde tanto esfuerzo me había costado alejarme, a mi región, a mi pueblo, a mi casa, a todos esos lugares que ya no sintonizan con mi vida. Qué hacía mi pololo del colegio en la fiesta, es algo que no tuve la fuerza para averiguar. Los recuerdos me secuestraron por completo. No importaba que abriera o cerrara los ojos, ya no veía otra cosa aparte de esas nubes desgarradas como la lana de un becerro sobre las cimas de los cerros que afloraban entre la maleza. El cielo azul. El verdor pálido bajo nuestros cuerpos, infinitas espigas de pasto y hierba clavándose con gentileza en nuestras piernas y brazos desnudos, disfrutando de uno de los pocos días de verano que nos tocaban en una de las zonas más australes del mundo. Mi piel blanca, demacrada por la falta de sol, la suya más oscura, fulgurante en su paciencia. La inmensidad de no tener absolutamente nada para hacer. Y mi certeza trágica, pesada como una piedra volcánica endureciéndose dentro de mi pecho, de que ese edén no me correspondía y yo tampoco a él. Acerqué mi pie de venas azuladas y dedos demasiado cortos al suyo. José dormía profundamente. Aproveché para susurrarle mis planes de dejar el sur. Me iba a cambiar el nombre. Pasar el resto de mi vida en una identidad ajena, buscando la pertenencia que nunca había conocido. Dejé mi mensaje entre los silbidos que salían de su nariz adormecida y me fui.

Verlo en ese lugar fue como atrapar a una pesadilla tratando de colarse en mis sueños. Temí por la existencia que yo misma me había tejido, esa telaraña de fotografías, castings y rodajes que me separaba de las lluvias, plantas y esteros de mi origen. José sonreía, brillando de lo hermoso que se veía por la dicha de haberme encontrado. Si no hacía algo rápido, me arrollaría, así que lo tome del brazo, contacto que me debilitó hasta casi desmayarme. Lo guie hacia la terraza, ahora completamente desierta. Nos apoyamos sobre la baranda, el asfalto bajo nuestros cuerpos aullando de placer por el tráfico que lo surcaba sin piedad. Me acerqué a él. Su pecho estaba henchido y fuerte, probablemente cincelado por el trabajo rural y dorado por el sol cuando atraviesa las gotas de lluvia. Cerré los ojos por un momento, sintiendo el pulso del pasado, la repugnante promesa de una vida sencilla al alero de la tierra y la alejé de una sola estocada. José me miró con los ojos abiertos de par en par, más sorprendido que asustado. La vida comenzó a abandonarlo, pero él seguía tratando de entender cómo le pude haber hecho algo así. Yo ya iba tres pasos más adelante, mis glamorosas fantasías rellenando cada recoveco de mi agenda permanentemente desocupada. Cuando sentí que perdía la voluntad de lucha, saqué mi daga de sus tripas y conduje su cuerpo hacia la calle. Dediqué solo un segundo de mi tiempo a ver cómo caía. A mi izquierda apareció Sharon, la diva poliforme, tapándose los oídos, a mi derecha la Michu, tomando de un vaso que nunca estuvo lleno, y detrás el payaso, conduciendo un desfile donde saltan y juegan la infinidad de personajes que he decidido que poblarán cada momento de mi vida hasta que termine completamente saturarla.

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