Por Lucas Rodríguez Schwarzenberg
Esa noche no debería haber tenido nada de raro. Yo estaba piola, prendiendo el Play, cortándome el último pedazo de una pizza del Papa Juan. Quemando tranqui para probar el producto. Veía el humo subir hacia el techo con esas vueltas como de serpiente que se va dando en el camino. Lo encuentro bonito. Una vez se me ocurrió hacer una exposición con fotos del humo subiendo hacia el cielo. Saqué un par de fotos, con la cámara análoga y todo, pero después me desinflé, qué sé yo. Quizás lo retomo algún día. La típica cuando un loco me venía a comprar era que me avisara cuando estuviera cerca, onda a cinco o dando la vuelta a la calle que da a la zapla, cosa que yo baje muy como que me fui a fumar un cigarro. Por la tele y las películas uno cree que es peligroso, pero una vez que te metís a hacerlo, cachai que vender weed por el eje La Reina, Las Condes, Provi, es terrible de fácil. Hay tantos canales, tanta red social y tantos weones volaos llevándose la sorpresa de que no les queda para quemar. Cuando llegan entramos bien pegados, cosa que parezca que nos conocemos y no se pasen rollo los viejos paranoicos que viven en el edificio. Uno que es ex milico salió una vez en bata a la puerta a decirme que me tenía identificado. Ahí me asusté un poco, pero aparte de eso, nunca tuve problemas.
Al Alfredo le tiritaban las manos cuando entramos a mi depa: en un momento se apoyó contra la puerta y la puerta se empezó a golpear contra la pared. Fuera de webeo, siguen ahí las marcas de la manilla clavada en el muro, varios hoyitos chicos. Ya por wasap lo noté raro: su primer mensaje, después de preguntarme cómo estaba (¿quién mierda se preocupa por la salud y el bienestar del dealer? Con que esté vivo basta), me pregunta si “vendo cigarrillos de marihuana”. ¿Cachai la volaíta? Y la foto de perfil que tenía: cuerpo completo, parado al lado de una de estas bicis eléctricas, con un casco enorme, coderas y rodilleras tapadas en reflectantes, short beige, el uniforme estándar del papá demasiado precavido. A la mayoría de mis fumetas los conozco del colegio, así que es como de igual a igual la relación. Siempre me pelean los precios, por horas enteras a veces. Me llegan a sacar canas verdes los culiaos, más que nada porque al final siempre quedamos en lo mismo. En cambio este cuarentón con plata entró anunciando que tenía treinta lukas de presupuesto. Casi podría haber dicho Hola me llamo Alfredo y vengo a que me caguen. Pensé en pasarle como medio gramo e inventarle una mierda como de que el mercado andaba a la baja y que los uruguayos estaban en huelga y no sé qué mierda más. En mi experiencia, los viejos que vienen a comprar siempre aparecen porque tienen un evento, onda reunión de los compañeros por los 35 años de salidos del colegio, esas donde uno se consiguió cabaña en el Lago Rapel, otro carne y un asador que sabe cocer bien el cordero al palo, mientras que a los weones callados como el Alfredo siempre se los cagan y los dejan a cargo de la droga, dicho así mismo y con esos gestos como de niño maldadoso: bajando la voz, risitas nerviosas, mirando sobre el hombro como si fueran a entrar los papás a retarlos. Pero nuestro pobre Alfredo se pasó manso rollo y terminó buscando hierba: en su lógica inocente contaba igual como droga. La razón tenía que ser esa o el fin de semana típico de la crisis de la mediana edad, ese caldero de bruja revuelto con hierba, copete, motel y una amante. Aunque entre lo pelao, panzón y con esa vocecita emasculada, el Alfredo no me pareció del tipo que se seduce a la mamá recién divorciada del curso de su hija, menos aun a la profe de francés. Él me parecía más escrupuloso, del tipo escort cara, rubia natural, que no tenga la necesidad de culiarse viejos sino que lo hace porque le gustan. Una tan profesional que hasta le haga boleta por servicios prestados, cosa de que la pueda deducir como gasto de la empresa. Porque con eso sí le achunté: el Alfredo tenía una empresa. Con todo el resto le herré, pero así mal.
Me resulta muy raro pensar ahora en él. No tanto por cómo terminó, sino que por lo que lo llevó a eso. Y a cruzarse conmigo. El pobre Alfredo no podía no ser él mismo todo el tiempo. Me acuerdo que lo hice sentar en el sillón ordinario que le tenía a mis clientes, el del tajo en el apoyabrazos que le hice yo mismo con el cuchillo de la pizza la vez que me fui en pálida y me tomé demasiado en serio lo de darle un ambiente más okupa al depa. Igual nunca logré que dejara de parecer el lugar donde vivió toda su vida el viejo alemán medio rallado de mi abuelo. Yo traté de sacar muebles, descolgar esas águilas metálicas terrible de nazis y poner posters de las bandas que me gustan, como para decir que aquí vive ahora un weón medio zafado, no un viejo millonario que nunca se cambió de casa por tacaño. Viejo loco weón. Con razón mi vieja salió como salió si… puta madre, perdona, me fui en otra. Tú quieres saber sobre el Alfredo. Es que… no sé, siento que a estas alturas su vida se entrecruzó con la mía. Algo tienen esas historias que lo acorralan a uno. Como que sufrir una tragedia le fuerza un sentido a cualquier vida, por muy vacía que sea. Tragedias como la de él nadie las anda buscando. Pobre Alfredo. Y yo creyendo que se quería tirar a la profe de francés. Me doy vergüenza, te juro que me doy vergüenza.
Entonces, qué. Tengo al cliente tosiendo como tuberculoso después de la quemada que le pegó al pito y que, dicho sea de paso, me confesó que fue la primera de su vida. Yo tampoco me la creí. 52 años y nunca. Una locura. Es casi como llegar virgen a esa edad. Me explicó que era porque había tenido unos papás full sobreprotectores que le metieron en la cabeza que fumar o tomar lo iba a dejar tonto, chico y feo. Como les hice caso, no salí tonto, me dijo después, o algo así. En su momento no entendí que era talla. Ahora me acuerdo y me da caleta de risa. Todos me han dicho que el Alfredo tenía un sentido del humor así, medio irónico. Yo no alcancé a conocerle esa faceta. La cosa es que de esos papás ogro pasó directamente a una esposa paciente y cariñosa que lo aceptó como venía, con toda su timidez y castidad. Al par de años le salió la hija, con la que pudo reinterpretar todos sus traumas y bloqueos hacia la vía del padre ejemplar. Yo lo veo así: la vida del Alfredo era una carretera recta, lisa y despejada. Él un conductor que nunca supera el límite de velocidad y no se distrae con nada, sin importar qué tan interesante se ponga el paisaje. Al lado de eso, yo soy una bola de flipper rebotando por todos lados, única motivación disparar todas las luces que pueda. El Alfredo me fue contando todas estas cosas entre tos y tos. En ese momento no caché hacia donde iba, así que me dedique a decirle que había que dejarse llevar nomás, quemar y seguir la dirección del humo. Desubicado, terrible, pero qué iba a saber yo: si le quitas el final trágico, su historia de vida es terrible de linda. Lo que atiné a hacer fue volver a prenderle el pito (mi encendedor solo le hace caso a mis propios dedos) y darle unos tips para que quemara bien. De repente se me ocurrió corregirle la manera en que lo tomaba. Él lo sostenía como toman las cucharas los niños chicos. Le coloque bien el pito en la mano, hasta le separé los dedos uno a uno. Cuando lo tuvo bien, le dije que no se moviera y le tomé una foto. Salió increíble. Había tanto humo en la pieza que apareció borrado, tipo fantasma, pero un fantasma que sabía cómo sostener sus caños. Si no me hubieran requisado el cel te la mostraría.
Yo sé qué me vas a salir de nuevo con eso de que es un buen mecanismo para localizar el trauma y destrabarlo, pero me da cosa esto de ponerme (¿equipararme era la palabra, o no?) al nivel del Alfredo. No lo siento justo. Tampoco voy a decir que mi vida ha sido un tobogán. No sé cuánto le duró a mi vieja la sonrisa por haber tenido un hijo, pero no fueron más de cinco años. Tres incluso. De ahí en adelante, cara de orto forever. Si fuera por ella, me mandaba a las minas de carbón a ganarme el pan con el sudor de mi frente. Si una de sus “tallas típicas” es que deberían volver a permitir el trabajo infantil. Toda una humorista, mi madrecita. La cuea que tuve de que coincidiera la visita de la inspección del trabajo con el primer día en que me llevó a “conocer la labor de la familia”. El inspector me ve en una esquina, cortando hojas con un cuchillo cartonero en una mano mientras balanceó la tetera con agua hirviendo en la otra, mi vieja tres paredes más allá, firmando documentos y autorizando pagos, y casi se cae de raja. El viejo me preguntó mi edad. Diez recién cumplidos, le dije, orgulloso de mis dos dígitos de vida. Se le llegaron a encrespar las pestañas detrás de sus lentes poto de botella. Casi le echó abajo la puerta a mi vieja cuando entró conmigo colgando del brazo. Ella se deshizo en explicaciones y excusas para justificar mi presencia en el galpón. Hasta dijo que había sido idea mía, que yo quería ver qué hacían los adultos cuando se iban de la casa. Si le hubiera tocado un inspector más joven, un flaco medio perdido, de esos que caen fácil si una rusia ABC1 los llega a mirar con ese par de piedras azul-grises frías como el hielo, hubiera zafado. Pero le vino a tocar uno de esos viejos duros, de bigote canoso y cargo secretarial en el sindicato, un acorazado Potemkin de carne tersa y sangre fría, con un odio férreo hacia la gente rubia. Aparte de multarla por mil otras weás, el viejo le advirtió que iba a volver a visitarla uno de estos días, cosa de corroborar que hubiera aplicado los cambios, y que si volvía a pillar a este cabro (yo) por acá, le clausuraba la operación. Con esas palabras se lo dijo. La puteada que le mandó mi abuelo cuando supo, se escuchó de ahí a júpiter. Así me logré sacar de encima el trabajo infantil, pero a cambio mi vieja me odió el triple. La había hecho quedar mal frente a su papá. Y para ella, ese era el pecado mortal, así que dedicó los años siguientes a desquitarse conmigo. No era que me pegara ni nada: igual la había criado mi abuelo, así que por mucho que me odiara, el decoro iba antes que los sentimientos; fuera el sentimiento que fuera. Lo que hizo fue darme pura comida como el hoyo (unas croquetas de pescado a medio descongelar con un puré de caja que valían como 1/10 de lo que costaban sus vinos) y la misma todos los días. Un amigo que estudia medicina me dijo que eso debió haber contribuido a que no parezco de mi edad. Mi vieja llegaba tarde a la casa y si me dirigía la palabra, era para preguntarme por las notas. Yo muriéndome de ganas por hablar sobre el partido de fútbol o la carta pokemón que le había cambiado a un amigo, pero a ella solo le interesaban las pruebas. Obvio que me iba pésimo: entre que no me interesaba nada y sentía que sacarse buenas notas era darle en el gusto a la bruja.
Los únicos recuerdos lindos que tengo de esa época son los tres años en que mi vieja se emparejó con el papá del Marcos. Su nombre no importa: era un viejo bien saco de weas en verdad. Pero bueno, no podís ser muy simpático si te parece una buena idea juntarte con alguien como mi señora madre. Lo que importa es que ese viejo se mudó a nuestra casa como a la semana y con él vino el Marcos, mi nuevo hermanastro. Creo que ese weón fue el pariente más querido que he tenido. Y eso que era postizo. Quizás por eso mismo: la sangre que le corre por las venas a mi familia está contaminada. Estoy seguro que si mi bisabuelo se hubiera quedado en Alemania para la Segunda Guerra, hubiera terminado de asesor del Führer. Pero el Marcos venía de otro lado, también tenía un solo viejo y uno medio conchesumadre. Un pelao cabeza de plata que solo sabía ponerse a hablar de sus Audis y cuánto le había costado traérselos de afuera. Igual que mi vieja me odiaba a mí, él odiaba al Marcos. Lo odiaba porque le había salido humanista, lector e izquierdoso, pero más que nada, porque tenía una cabellera de pelo gruesa e interminable (Es pelo de caballo, decía él) que le sacaría canas verdes si hubiera tenido algo que encanecer. Mezquino, totalmente mezquino. Pero así es con los adultos que nunca maduran: no es que se queden pegados en los 23, se quedan en los 12. El Marcos era un amor, aunque al principio no me pescó mucho. Él tenía 18, estaba en primero de U e interesado solo en las aplicaciones prácticas del Manifiesto Comunista, mientras que yo era un pendejo prepuber que se acostaba y levantaba con el control de Play en la mano. Pero de a poco nos empezamos a conocer y a hacer causa común: él veía a mi vieja webiarme y yo lo veía discutir con su viejo. De eso pasamos a tirar la talla, ver películas y después de una tarde en que entré a su pieza para pedirle un sacapuntas sin tocar la puerta y lo pillé fumándose un porrito, volarnos juntos. Ahí se abrió todo: nuestros viejos llegaban en la noche, si es que no se iban a un motel donde pudieran tirar sin el ruido de mis juegos de Play o el rock progresivo del Marcos, así que nos echábamos en el pasto, el pito pasando de ida y vuelta debajo del cielo azul, o en la cocina, donde nos preparábamos unas salchichas quemadas con salsa golf para hacerle frente al bajón. Qué manera de reírnos. Y por lo que fuera: todo podía ser divertido cuando estábamos volaítos. Hasta las cosas más tristes éramos capaces de ir pelándolas como si fueran un plátano hasta darnos cuenta de lo absurdas que eran. Puta que era chistoso el Marcos. Todo podía convertirlo en un chiste. Él decía que primero estaba el humor y de ahí todo lo demás. Una de sus imitaciones favoritas era Karl Marx… ridículo, obvio. Qué mierda sabía yo a los 15 quien era ese weón, pero el Marcos lo hacía tan chistoso. Eso o su weed era de la potente.
Tres años duró hasta que mi vieja se aburrió del papá del Marcos y lo echó de la casa. Nos despertó a todos con sus gritos de ¡Flojo! ¡Pelao culiao flojo!. Resultó quesu empresa estaba con pérdidas y eso para mi madre era imperdonable. No importaba la crisis asiática, los flujos de los mercados o los cambios en la tecnología, la única explicación posible era que él estaba sacando la vuelta, y ella no estaba para estar echándose al hombro a nadie; ya tenía suficiente conmigo. Al otro día mi vieja llegó de la pega, me apagó la tele y confirmó la sospecha de que esos años habían sido más una excepción que la norma. Me habría dado más pena si no fuera porque, 1) estaba fumando tres veces al día, y 2) porque hacía un rato ya que el Marcos se había emparejado con la tataranieta de no me acuerdo cuál de esos oligarcas (énfasis en el -garca) de los tiempos de la colonia, una loca con más pares de zapatos que amigos. Lo dejó todo por estar con ella; hasta se cortó el Pelo de Caballo. Lo último que supe fue que se casaron. Me topé con una foto del matri cuando hojeaba un Mercurio en la sala de espera del dentista. Le mandé un wasap al Marcos diciéndole que me alegraba mucho y que iba quemar uno en su honor. Él me respondió tres días después con ese emoticón del pulgar hacia arriba.
Ya sé qué perdí mal el hilo de lo que estábamos hablando. Pero te juro que hay una conexión: le conté esto mismo al Alfredo. ¿Por qué? No tengo idea. Así es cuando uno está fumando con alguien. Se bajan las defensas. Te pones a contar cosas que no le contarías a nadie y que tampoco nadie se daría la paja de escuchar. Pero eso es el efecto mágico de la weed. Como que te acerca el corazón al de la otra persona, o algo así. La cosa es que yo iba a seguir hablando. Podría haber seguido hablando por días enteros. Pero el Alfredo se había puesto a llorar. Primero creí que estaba volao a un nivel impresionante. Igual había muchísimo humo en el living: quizás le había entrado en los ojos. Aparte que su cuerpo no acompañaba lo que estaba ocurriendo en su rostro, no sé si me explico. Envés de estar doblado, con las manos en la cara y los hombros tiritando porque no saben cómo hacerse cargo de lo que ocurre, el Alfredo estaba sentado inmóvil, las manos apoyadas en el sillón, piernas estiradas. Inerte del cuello hacia abajo, pero con toda su vida ocurriéndole en el rostro. Le costó un mundo armar las palabras cuando le pregunté si estaba bien. Yo veía el aire salir de su boca, empujar el humo alrededor de su cabeza, pero no le entendía nada. Hasta que dejó de tratar, suspiró y me pidió disculpas.
Ahora que lo pienso, en ese momento debí haber tomado un poco más el control de la situación. Preguntarle si se quería acostar un rato, traerle un vaso de agua. Quizás hasta pedirle un Uber. Envés de eso, le dije que estuviera tranqui y volví a prender el pito. Le pegué una quemada y se lo acerqué. El Alfredo me quedó mirando. Me preguntó si no había pensado en terminar con todo, o si no quería terminar con todo. No me acuerdo de las palabras exactas. Quizás ni usó la palabra terminar, pero esa era la intención. Le respondí algo como que obvio, todos los días, cada vez que me sale algo mal o me matan en el Play. Esa última, la del Play, sé que la dije porque el Alfredo me quedó mirando fijo, como de esa manera cuando alguien da en el clavo. Ya no le corrían lágrimas, pero de alguna manera te daba la sensación de que seguía llorando. Ahora que sé lo del accidente y todo, pienso que en realidad llevaba años así, viviendo mientras lloraba y viceversa.
Creo que entre los dos fuimos poniendo palabras hasta llegar a la idea del suicidio. No llegamos a esa palabra precisamente: digo, ¿quién mierda anuncia algo así en la vida real? Pero era la idea. Teníamos clara la intención, solo que en vez de tenerla en un solo término, la teníamos desarmada en un montón de palabras más chicas, como para que fuera más fácil de manipular. El Alfredo me apuntó el cuchillo que yo tenía para cortar la pizza, medio manchado con queso, salsa de tomate y orégano. Entre ese momento y verlo tirado con las venas chisporroteando sangre, solo me acuerdo de un par de cosas: que me pidió permiso para tomar el cuchillo y que cuando lo hizo, gritó. Aulló de dolor hasta que ya no pudo seguir haciéndolo. Al tiro supe que yo no iba a ser capaz de hacer lo mismo. Yo creía que era una pasada del cuchillo, un solo ssshhuuuuuiit, rápido e indoloro y se acababa todo. Pero la escena había sido horrorosa. La fuerza de voluntad me dio solo para tomar el cuchillo, mirarlo, sentirme como si estuviera frente a un perro rabioso o un oso o lo que fuera, y soltarlo. Después no sé si me desmayé o me quedé inmóvil.
Entre la weed, la plata y la diferencia de edad entre el Alfredo y yo, debe haber parecido que estaba claro lo que había pasado. El vecino ex milico llamó a los pacos diciendo que escuchaba gritos y al rato me estaban echando la puerta abajo. Creo que funcioné en automático por las próximas 48 horas. Quizás hasta me inculpé. Quién sabe. La verdad es que me sentía bastante culpable. Ni idea cómo llegaron a la conclusión de que no había sido yo sino que el mismo Alfredo el que se mató. Debe haber sido una mezcla de que yo estaba demasiado en shock como para parecer un asesino, los antecedentes del Alfredo (53 años, conducta intachable, perdió a su mujer e hija en un accidente en la carretera hace un poco más de un año) y esas cosas tipo programa de tele como la dirección del corte y la posición del cuerpo y no sé qué más. Me terminaron poniendo una multa por microtráfico. Estoy en tratamiento psicológico acá contigo, contando la misma historia todas las semanas cosa de que la hipótesis del suicidio se siga justificando. Y también me dejaron bajo la tutela de mi vieja, que si antes me consideraba un fracasado, el miembro de la exitosa familia Rottschwein que no duró más de un mes en ninguna carrera y que nunca ha tenido una pega decente, ahora ya no soy muy distinto a una pata coja o una deformidad congénita, un problema del que no puede deshacerse por mucho que trate. El depa sigue embargado como evidencia criminal. Tengo entendido que si sigue así por un par de meses más, el estado les permite venderlo al precio que salga, con mi Play adentro y todo. Mejor si lo hacen. No pienso volver a entrar ahí.
Creo que el Alfredo fue capaz de darse cuenta de algo que cuesta un montón asumir, que es que desde cierto punto en adelante, la cosa ya no mejora. Siempre te dicen que mañana es un nuevo día y que no sabes lo que va a pasar, pero la verdad es que para algunas personas ya fue suficiente. Aunque te levantes con la mejor de las confianzas, a la larga igual te vas a dar cuenta que por más que insistas, ya perdiste de vista el horizonte. Es súper mal visto llegar a esa conclusión. Lo entendemos como rendirse, y nada peor que rendirse en una sociedad de winners. Yo creo que desde la perspectiva del Alfredo, yo ya estaba en ese punto. Había aterrizado en él con calma con lo de estar encerrado en ese depa perverso vendiendo weed. Debió haber asumido que alguien así podía mostrarle como es que uno hace para rendirse. Pero cuando me conoció, se dio cuenta que no era tan fácil. No te das ni cuenta y quedaste pegado en esta especie de última parada. Llegar al final de la línea requiere de un último esfuerzo, justo cuando fuerzas es lo que ya no te queda. Va a sonar enfermizo, pero el Alfredo, lo que le pasó, su tragedia, me hicieron darme cuenta de eso, que para rendirse y para avanzar en la vida necesitas la misma energía. Obvio que es más fácil decirlo que hacerlo, pero siento que si logro dejar de lado las estupideces, dejar de ver las caras de mi vieja, mi abuelo, del Alfredo incluso en cada esquina, seguro echo a andar de vuelta mi vida. En una de esas hasta vuelvo a estudiar. Me gustaría aprender bien a sacar fotos. ¿Te mencioné que tengo la idea de sacarle fotos al humo de… ah, ya te lo dije. Bueno, eso. Poder mostrarle al mundo que hay más de un significado en las cosas, pero que a veces uno no las ve. Onda, Mire, es humo, pero también puede ser un mensaje. Partir de a poco, sacando fotos en la calle, mostrarlas a amigos, subirlas a las redes. Algún día armar una expo. Una que incluya la foto del Alfredo, si es que la llego a recuperar. Mostrar que donde había un cincuentón derrotado, yo vi a alguien que por un rato logró vivir una vida bonita.
Me gustaría hacer eso. Ojalá lo haga algún día.
