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 “Una vez más. Gaspi, necesitamos que mires hacia acá, ¿bueno?”. El niño asintió, mostró su sonrisa sin una paleta y volvió a posar mal. El fotógrafo suspiró frustrado, dándole el pase a la madre del niño para que se acercara a hablar con él; Claudia lo tomó de los costados para bajarlo de su falda y entregárselo. El nuevo intento dio con los mismos resultados. Claudia le preguntó al Gaspi si le gustaban los perros. El niño asintió. Después le preguntó si le gustaban los caballos: el niño asintió entusiasmadísimo. “Si terminamos rápido con estas fotos te puedo llevar a mi casa para que conozcas a mis perros y mis caballos, ¿te tinca?”. El Gaspi se demoró un par de segundos en concentrarse, pero después realizó sin problemas las fotografías que faltaban. Incluso se llevó elogios cuando se puso a jugar con el pelo de Claudia para las de la terraza: “Con cuidado Gaspi, que mi pelo es muy delicado”, le dijo al niño mientras sostenía la pose.

Para las fotos del living y cocina se les unió Marcelo, quien representaba al papá del Gaspi y marido de Claudia. Entró muy confiado al departamento, pero se demoró una sola foto en dejar en evidencia que era la primera vez que servía de modelo para una inmobiliaria. Sabía cómo posar para verse bien, destacarse a él mismo o la ropa que tenía puesta, pero ser un mero complemento de lo que lo rodeaba no le salía natural. Claudia lo terminó aconsejando: que se concentrara en alguna de las mesitas con adornos, lámparas o lo que fuera que tenía en frente, o que se enfocara en las tareas que fingía estar haciendo envés de cómo se veía haciéndolas. Pasó la mañana y de a poco el Gaspi fue cediendo a lo que le pedían y Marcelo dejando de cruzarse en su propio camino. Claudia miró la hora en su reloj de muñeca: si seguían a buen ritmo, podría alcanzar a llegar a la hora de almuerzo del Bistro Fada, el café donde siempre comía después de las sesiones. El local tenía una política muy estricta sobre servir platos de comida pasada la hora de almuerzo, algo que subrayaban tanto como la procedencia y frescura de sus ingredientes.

El fotógrafo anunció que quería repetir las del living: la luz de la mañana le pareció demasiado fuerte, quería probar con la iluminación del mediodía. Marcelo pidió un momento para ir al baño, el que fue aprovechado por la productora para llamar a un lado a su modelo. “¿Clau? Yo sé que no podemos hacer nada ahora, pero tenís que pegarle una repasada al teñido”, le dijo tomando su brazo como punto de apoyo para hablarle al oído. Como era poco, lo podrían arreglar en Photoshop, pero que lo tuviera en cuenta: si quería que la siguieran llamando, necesitaban que se mantuviera perfectamente rubia. Claudia asintió, prometió que se lo iría a ver apenas terminarán la sesión. La productora la miró de pies a cabeza, sin parpadear. Lanzando un garrazo, le quitó una pelusa del vestido color crema que ella misma había elegido para la sesión.

Tomaron un par de fotos más. El fotógrafo anunció que estaban mejores pero que seguía insatisfecho. La respuesta de la productora fue plantarse frente a él con los brazos en sus caderas y los labios, trizados por la deshidratación, apretados con furia: “Te las vas a tener que arreglar tú después entonces, porque no tenemos más tiempo”. El fotógrafo bajó la cabeza. Nadie se movió ni dijo nada por unos segundos. Los ruidos de las excavadoras y grúas trabajando a contratiempo por terminar la piscina se colaron entre ellos. Claudia confirmó sus sospechas: los departamentos estaban mal aislados. Pero su trabajo no era probar la calidad de las construcciones, sino que ilustrar la vida que le ofrecían a sus afortunados dueños. Marcelo se le acercó y después de elogiar el trabajo que acababan de hacer, le preguntó si le podía dar la hora. Claudia se levantó la manga de la blusa celeste que le habían procurado y le acercó su reloj a los ojos. “Bonito, ¿pero me dai la hora?”. Claudia retiró la muñeca y después de pegarle una rápida mirada, se la escondió detrás de la cintura, avergonzada. “¿Te tinca ir a almorzar por acá?”, le preguntó Marcelo. Disculpándose, Claudia le agradeció la invitación, pero la rechazó diciendo que ya tenía planes. Sin perder un segundo, Marcelo reagendó la invitación para la noche. Claudia miró por sobre su hombro: la productora estaba guiando el desarme del espacio, metiendo ella misma los adornos en cajas o subiéndose a una silla para descolgar las pantallas de papel de las luces. Marcelo movió su cabeza hasta cruzarse en la trayectoria de su mirada. Claudia sonrió y le dijo que le confirmaba en la tarde, pasando a su lado para aprovechar un momento en que la productora pareció desocupada. Antes incluso que le dijera nada, la mujer interpuso una mano abierta, los dedos extendidos como una araña, entre ellas. “Pérame un sec, Clau, que me muero por un cigarro”. Claudia le señaló la alarma de incendios sobre sus cabezas. “No pesquís esa weá, vienen todas malas. Dime nomás… ah, lo de tu plata, sí. La tengo por acá… ¡donde chucha está mi cartera!”. 

Claudia recibió un sobre sin sellar, con varios billetes dentro. La productora le dijo que estaban justos y que no era necesario contarlos, pero ella los contó de todas maneras. Marcelo pasó entre las dos mujeres sin pedirles permiso, deteniéndose un poco antes de poner un pie en la escalera para decirle a Claudia que no habían intercambiado teléfonos. “¿Clau? Te habla este weón”, le dijo la productora tomándola de la muñeca, con lo que interrumpió su conteo de billetes. Marcelo les deseó suerte y bajó la escalera. “Es mino ese weón, aunque es más tonto que las palomas. Llévatelo a comer una fricandela y va a quedar feliz”, le aconsejó la productora. Claudia sonrió, para después preguntarle si necesitaba que le devolviera la ropa que llevaba puesta: “No te preocupís, si vamos a usarla en la próxima sesión. Lavada y planchada sí, oye”.

Claudia logró llegar al café 15 minutos antes de que se acabara la hora de almuerzo. Los dueños y el personal de servicio la conocían de vista: era una de las clientas regulares. Pero esto no significaba que fueran a hacer excepciones. El chef ya había guardado la mayoría de los ingredientes y utensilios del almuerzo, por lo que tuvo que aceptar que eligieran el menú por ella. Esperó con impaciencia hasta conocer la identidad de su plato —un salmón con alcaparras acompañado de lechugas hidropónicas— el que no se demoró en fotografiar. “¿Se la saco yo? Digo para que pueda aparecer usted también”, le preguntó una mesera que pasaba junto a su mesa. Claudia le dijo que no, explicando con vaguedad que la foto no era para ella. Al plato de fondo le agregó un tiramisú con wildberries y un espresso doble, especificando que quería el café italiano en grano. Cada estación del almuerzo fue debidamente retratada. Claudia miró su reloj: se podía quedar entre una hora y una hora y media más. Llamando a la mesera, le pidió si le podía calcular la cuenta. Ella la corrigió amablemente, diciéndole que le traía la cuenta en seguida, pero Claudia la detuvo: no quería pagar aun, solo saber cuánto debía. La mesera se alejó algo confundida, volviendo con el número en sus labios. Claudia le dio las gracias. Cuando la hubo perdido de vista, sacó de su bolsillo el sobre con plata, lo apoyó sobre sus piernas y se puso a contar billetes.

Varias horas después, Claudia cruzaba la entrada de servicio que su hermano le había habilitado. Atravesó el pequeño patio interior, pasando oculta entre las toallas y la ropa tendida hasta que llegó a su cabaña. Tenía que tener cuidado con la apertura de la puerta: podía pasar a golpear los cuadros (uno con perros, el otro con caballos) que tenía sin colgar, apoyados contra la pared. Dejó sobre su cama las bolsas del shopping, extrayendo de su cartera el tinte capilar color “rubio noruega”. Fue a dejarlo sobre el estanque del wáter, que también le servía de repisa. Se cambió la blusa celeste y el vestido crema por su ropa de casa. Volvió para encontrarse con que su sobrino la esperaba asomado a la puerta de su cabaña: “Mi papá dice que está lista la comida”, le dijo el niño de 10 años, pelo castaño claro y rasgos femeninos, idénticos a los de su padre, ofreciéndole una mano para guiarla al banquete. Claudia se la aceptó, pidiéndole solo un momento para alcanzar su teléfono. Había dejado a medias una respuesta a los incesantes mensajes de Marcelo.

El niño la guio hasta su puesto entre él y su madre. Frente a Claudia se sentó su hermano, quien la saludó bajando la cabeza y diciendo Hermana. El menú era pollo con papas fritas, presentado en las cajas de papel manchadas de aceite en que había sido entregado. Claudia perdió el apetito inmediatamente. Solo aceptó una pata y un par de papas. Sofía, la mujer de su hermano, le ofreció si no quería que se lo desmenuzara. Claudia buscó con la mirada la aprobación de su hermano, quien se la evitó. Mientras le pasaba el plato a su cuñada, sintió que el teléfono le vibraba en el bolsillo. Sofía también lo notó: ambas mujeres cruzaron una mirada de complicidad, olvidándose por un momento de la edad que tenían y del lugar donde estaban. La insistencia del niño pidiéndole a su madre que le cortara el pollo las trajo de regreso. Claudia le preguntó a su hermano sobre su día: “Normal. Las oficinas son así. ¿Y el tuyo? ¿Trabajaste hoy?”. Le llegaron a doler las articulaciones por lo fuerte que apretó el tenedor. La rabia no le daba tanto por los comentarios de su hermano como por su propia reacción, por la manera en que la seguían provocando después de tantos años. Envés de responderle, se sumió en su teléfono. Le aceptó la invitación a Marcelo para ir a tomarse unos copetes, como lo había escrito él.

Sofía le pidió ayuda a Claudia para levantar la mesa: el niño y su padre necesitaban el espacio para repasar las tareas del colegio. Llevaron a la cocina los pocos platos que habían usado, donde Sofía los dejó remojando mientras botaba a la basura los restos de pollo. Claudia se ofreció a sacarla, pero Sofía le dijo que no se preocupara. “Cuéntame mejor sobre las fotos que hiciste”, le dijo, haciendo un nudo a la bolsa negra repleta de desperdicios, para después usar el tarro plástico como asiento. Claudia describió todos los detalles y adornos que la productora había desplegado por el departamento, sacó su teléfono y le mostró el salmón que había almorzado. “Me imagino cómo debió estar eso”, le dijo Sofía, pasándose la lengua por los labios. Se rieron. Claudia le contó también sobre el Gaspi, que no lograba quedarse tranquilo, y sobre Marcelo, que le pareció buenmozo, aunque un poco pavo. “¿Y lo vas a ver de nuevo?” le preguntó Sofía, abriendo mucho los ojos y soltando una risita como de niña cuando Claudia le enseñó su foto de whatsapp.

Usando la entrada de servicio, las dos mujeres se escabulleron hacia la cabañita, donde Claudia le mostró sus compras del día. Sofía se sentó sobre la taza del wáter, desde donde le fue dando su opinión sobre las combinaciones de ropa para su cita. Claudia se dejó llevar por el juego, recorriendo los tres metros de espacio que tenía como si formaran parte de una pasarela, hasta que sin darse cuenta le enseñó la blusa celeste y la falda crema que usó en la sesión. Sofía las destacó como la elección más obvia, quedando muy confundida cuando notó cómo se desanimaba la hermana de su marido y mejor amiga de su infancia. Claudia se sentó sobre su cama, lanzando el conjunto hacia el rincón donde estaban sus cuadros sin colgar: “Sabís que mejor no voy a ningún lado. Pa’ qué me engaño jugando a que vivo así. Si yo…”. Sofía la interrumpió en el acto. Sentándose a su lado, le tomó las manos y le dijo que si ella no iba, nadie más iba a hacerlo. Claudia la miró confundida, pero Sofía solo le deseó que lo pasara increíble, para después decirle que ella se iba de vuelta a su casa, a ayudar a su marido con las tareas de su hijo y lavar la loza. “Pérate, Sofi. Toma”, dijo Claudia, metiéndose la mano al bolsillo para sacar el sobre. Sofía lo revisó. Al darse cuenta de lo que era, se lo intentó devolver. “Cuantas veces te hemos dicho que no es necesario, Clau”, le dijo, pero ella insistió. Sofía cambió de táctica: le dijo que mejor usara esa plata en su cita. Claudia le respondió que no se preocupara, que estaba segura que la iban a invitar. Sofía terminó por ceder, metiéndose el sobre al bolsillo de su delantal de cocina.

“¿En qué anda ahora la loquita?”, le preguntó su marido cuando Sofía llegó a su lado, provocando que el niño preguntara por quién era la loquita. “Tu madre, hijo. Tu madre es la loquita”, le respondió, dándole un beso en el cachete. El niño resumió sus tareas. Sofía miró a su marido, quien suspiró y le corrigió el resultado de una suma a su hijo. En la mesa quedaban los vasos con agua y la taza con los restos del Nescafé de su marido. Tomándolos de a dos en cada mano, Sofía se los llevó a la cocina. Cuando los lavaba, vio a Claudia pasar por afuera de la casa, camino a la salida. Llevaba puesta la blusa celeste y el vestido crema. Golpeando la ventana de la cocina con el nudillo, Sofía llamó la atención de su amiga. Ambas se quedaron mirando por un momento, haciéndose sonreír una a la otra. Pasado el momento, Sofía volvió a su vida y Claudia a la suya.

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