Por Lucas Rodríguez Schwarzenberg
El Nico se quitó la polera mojada y la colgó de una de las barandas. Se palmeó los pectorales un par de veces, tratando de dar con el ritmo de la canción que tenía en la cabeza. Al abrir un bolsillo lateral de su bolso, notó que no había traído el desodorante. Cristián le prestó el suyo, bajo condición de que no se lo acabara. Mientras se cubría en una nube de aerosol, el Nico siguió hablando: “Yapo, mi vieja me está obligando a que vaya a ver a esta psicóloga. Tu cachai que a mí esas weás no me tincan nada. Hasta donde yo sé, tenís que estar medio loco primero. Y salvo que estemos hablando de mi juego en la cancha, ¿ah, me cachai? Creo que yo estoy bastante bien de la cabeza”. Solo quedaba una persona en el camarín aparte de ellos dos. Era un flaco con una barbita de candado, un tatuaje del pato Donald sobre un hombro y otras características físicas que para el Nico, no se condecían en nada con la posición en la que jugaba. “Llego a la consulta, niuna gana de entrar. Toco la puerta y weón, me abre esta mina increíble. Preciosa, exquisita. Estaba vestida como con una falda larga y una de esas como chaquetas medias de hombre, así que no le pude cachar bien el cuerpo, pero igual me parece que está fit. ¡La cagó la mina weón!”. Cristián escuchaba atento sentado en una banca, flanqueado por el bolso y la ruma de ropa del Nico. Tenía los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas de un niño captando algo ajeno o prohibido: asentía y pronunciaba monosílabos cortos, aun algo ahogados por el cansancio del partido, tratando de mantener hablando al Nico. La absoluta falta de interés en la anécdota que demostraba el flaco del tatuaje del pato Donald mermaba la concentración de su narrador. “La psicóloga me dice que pase, es terrible de amable. O sea… no sé. La he visto solo un par de veces, entonces aun no estoy seguro si es gentil como porque es su pega, o por… tu cachai”. Volviendo a palmearse el pecho, el Nico se rio muy fuerte. Cristián se rio con él. Ahora sí lograron que el flaco del tatuaje se interesara en ellos, aunque fuera solo para conocer el motivo de que estuvieran gritando dentro de un camarín. “Siempre me hace tomar asiento en un sillón blanco con forma como de cáscara de maní, acolchado, terrible de cómodo. Onda si no la tuviera a ella al frente, te juro que me quedaría dormido. Ella, Amanda se llama, es de esas psicólogas que tratan de hablar lo menos posible. No es que yo tenga algún problema para poner una frase delante de la otra tampoco”. Se volvieron a reír, pero el flaco del tatuaje ya se iba yendo. “Te apuesto que en menos de tres meses, me gano a la psicóloga. Onda para la primavera. Anótalo. Como que me llamo como me llamo y que he hecho lo que hecho”. Mientras terminaba de cerrar su bolso, apoyando una mano sobre los hombros de Cristián, el Nico le dijo que fueran a tomarse unos copetes, cosa de rehidratarse un poco antes de seguir hacia la disco.
Tomaron una mesa en un rincón, junto a la ventanita que el Nico abría para poder fumar sin tener que salir del local, un privilegio que se había ganado a cambio de su fidelidad y una que otra mención al bar en su populoso Instagram. Los vasos de medio litro llegaban llenos de piscola y se iban vacíos como si para conseguir uno fuera necesario el otro. Decidida la disco a la se irían después, los dos amigos quedaron en silencio. De fondo sonaba una canción de Guns ‘n’ Roses. Cristián la tarareó, registrando el lugar en busca de alguien que notara lo que estaba haciendo. El Nico jugueteaba con la cajetilla vacía, se registraba los pantalones, sacaba y volvía a guardar su teléfono. Solo cuando la mesera pasó cerca de ellos lograron poner fin al silencio. Hace unos meses atrás, inspirados tanto por una resonante victoria en la cancha como por una borrachera inusualmente profética, habían invitado a la mesera a que se sentara a tomar con ellos. La manera rotunda en la que ella negó la invitación, sacudiendo su cabeza con violencia, llevándose una mano al pecho como si le hubieran causado una obstrucción a la aorta, complicó sus interacciones por los siguientes cuatro meses. Situar a la psicóloga del Nico en el trono que la mesera había abdicado fue la terapia ideal para dejar atrás el incómodo impase, especialmente porque ella no tenía ninguna intención de renunciar ni ellos de buscarse un bar nuevo. El Nico hablaba emocionado de Amanda, sobre cómo la hacía reír con las historias que le contaba, al punto de que muchas veces ella abandonaba sus indagaciones para preguntarle por otras anécdotas, irse por tangentes y más que nada, conocer más sobre su vida. “Hasta le he contado que juego acá, en la liga. Me preguntó que en qué posición. ¿Sabís qué le respondí? ¡Goleador!”. Cristián se sobresaltó: existía la posibilidad de que el Nico lo hubiera incluido en sus relatos. Ser parte del imaginario que se conjuraba dentro de la oficina de la psicóloga lo hacía sentir cerca de ella. En el caso improbable, pero no imposible, de que algún día la conociera, Amanda, esa mujer con un nombre compuesto casi exclusivamente por letras A, algo que le daba un aire de femineidad suprema, sabría que él era el Cristián, el compadre del Nico, el que siempre estaba ahí para él. Intentó pensar en algún subterfugio mediante el cual informarse sobre su existencia en el relato. Se le ocurrió preguntar si había hablado con Amanda sobre la época en que se conocieron. El Nico asintió, pero de una manera oscura y brusca, como si un día soleado se acabara de nublar. “Le gustan mucho las historias de cuando era niño-niño, así casi preescolar. No me acuerdo de casi nada de esa época. Onda mis papás separándose, entrar al colegio y sería, así que no sé qué tanto le sirvan. Igual me sonrió cuando se lo dije, pero de una manera rara. Tiene una sonrisa preciosa, pero esa vez no me gustó. Después me dijo que ‘había tanto en lo que se dice como en lo que no‘. Una cosa así, media creepy”. Solo mencionar ese momento hizo que el Nico volviera a sentir lo que sintió esa tarde. Frente a él, Cristián, acodado sobre la mesa, sus cejas gruesas situadas como barreras de contención, el mismo Cristián al que siempre le daba consejos y maravillaba con sus cuentos, ahora lo presionaba por una respuesta. Desesperado, el Nico sugirió que pidieran la cuenta. Sacando su teléfono, le hizo ver a Cristián que si no partían pronto, no iban a alcanzar a entrar a la disco. Cuando escuchó que le preguntaban hasta qué hora se podía entrar, respondió una hora cercana pero fácil de alcanzar, además de completamente ficticia.
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La consulta estaba completamente en silencio. El Nico desplazaba su mirada por las repisas, notando uno a uno los adornitos, casi todos souvenirs de viajes. Ni la réplica en miniatura de un mohai, el mono ekeko o la ultra trillada reproducción de la torre Eiffel le sirvieron de distracción. La presencia de Amanda, sentada con una pierna sobre la otra a un poco más de dos metros de él, lo hacía saltar del agrado al terror, de notarse frente a alguien que lo maravillaba a caer en la cuenta de se trataba de un depredador. Ella movía el pie con un ritmo lento y confiado, una sandalia de cuero elegantemente sencilla colgando de la punta de sus dedos. Las uñas pintadas de un calipso pálido. Llevaba el pelo tomado salvo por un par de mechas que le caían sobre las orejas, el perfil suave cautivando al Nico aunque fuera la enésima vez que lo veía. Estaba distraída por un ruido de afuera; la primavera se estaba recién acomodando. Cuando volvió la vista hacia él, sonrió, dejando esa expresión fija en su rostro hasta que abandonara todo efecto reconfortante.
Las dos veces que había intentado preguntarle si prefería que dejarán de lado el tema del divorcio de sus padres, el Nico la había interrumpido para asegurarle que estaba todo bien. ‘Hay tanto en lo que se dice, como en lo que no‘, ese mantra traicionero que Amanda había vuelto a emplear le constreñía el cerebro. Desesperado, el Nico comenzó a divagar. Sus palabras le sonaban como esos trombones desafinados que salían de la boca de los padres de Charlie Brown. Las intervenciones de ella le parecían corrientes de aire helado cargadas de elocuencia. “Bueno, no sé si algo de lo que he dicho te ha servido. O sea, obvio que sí, si erís una psicóloga seca”. El Nico se dio cuenta que había cerrado los ojos solo cuando terminó de decir esa frase, apretándolos con fuerza como si temiera asistir al efecto de sus palabras. Amanda asintió, le dio las gracias y lo miró fijamente, volviendo a la carga sin emplear una sola palabra. Mientras el Nico intentaba dar inicio a alguna anécdota ya contada con anterioridad, Amanda se soltó el pelo: dejándose el colet en la boca, se lo empezó a amarrar en un estilo distinto. Lo hizo con toda la calma del mundo, dedicando varios segundos a cada una de las vueltas y gestos. Para cuando el Nico dijo un chiste, ella aprovechó de sacar su teléfono y usarlo como espejo.
El Nico sintió que todas sus ideas se ordenaban. La suerte de huracán de conceptos y palabras que le desordenaba la cabeza desapareció como si nunca hubiera estado ahí. Sintió los músculos de su cuello tensándose de una manera similar a cuando le hacían una falta jugando futbol. La consulta se le desvaneció de la vista. Lo único que notaba era a Amanda en el centro, la total falta de atención que mostraba hacia él haciéndola arder como un metal enrojecido. “No sé para qué te trato de-de-decir las cosas, si no me pones atención”. Aun con el colet entre los labios, Amanda le respondió levantándose de hombros. “¿Te importa algo de lo que digo? ¿O de lo que me pasa?”. Ella le respondió que la verdad era que no, pero que por su trabajo tenía que hacer como que sí. El Nico sintió que perdía el control sobre partes de su rostro, los que empezaron a lagrimear, tiritar o contraerse involuntariamente. “¿Sabís qué? No sirve de nada hablar con una mujer. No les interesa nada, no tienen sentido del humor… son todas unas…”. Amanda lo instó a que terminara la frase. El Nico no pudo. “Es que sabís que ya ni entiendo de qué sirve esto. Ustedes los sicólogos son unos raros. El resto de los médicos, una… uno, va donde ellos y ellos te arreglan. Ellos son los expertos y por eso son ellos los que trabajan. Contigo como que estoy pagando… o ya, mi vieja está pagando, como para que yo lo haga todo. Y esa weá está mal. No siento que me haga nada. Pero ella me insiste con que venga. Le he dicho mil veces que no saco nada, pero no me escucha. Si con ella yo nunca he tenido opinión. Entonces puta, qué hago. Vengo para acá a qué me escuchen y tú tampoco… ¡veís!”. Amanda le juró que lo escuchaba, solo se había parado para alcanzarle los pañuelos desechables. El Nico siguió, aún más rápido y a un volumen aun mayor: “Hace rato que me venís insistiendo con esto de que me acuerde de cuando era chico, pero como que no te das cuenta que no puedo porque no me acuerdo. Pero como que eso no te importa. Me insistes y me insistes y me insistes. Si ya a la primera no pude, no porque trate de nuevo va a salir. Y no me gusta que pase eso. Yo hago mi día de lo más tranquilo, ahí puedo hacer de todo. Paso los ramos, soy conocido en la U, meto goles en la liga. Me va tan bien, que puedo no pensar en estas cosas. Pero de ahí vengo para acá, cuento esas cosas, pero siento que las cosas que me hacen feliz no te interesan, solo las que me hacen mal. Y no quiero. No voy a sentirme mal por gusto. No pienso venir más a verte, porque solo me tratas mal. Eres una mala persona, solo me haces daño”.
La nariz le ardía y en sus oídos sonaba un pito. El Nico tenía la cabeza entre sus manos, sosteniéndola como si fuera algo pesadísimo a punto de caerse. Se demoró varios segundos en sentir las caricias en el costado de su rostro, el perfume que luchaba para ascender por sus congestionadas vías respiratorias. Apenas notó que otro cuerpo se acomodaba junto al suyo. Los besos le llegaron como un eco. A medida que iba reciprocando las caricias, comenzó a recuperar el control. Había conseguido lo que deseaba, pero lo había hecho a un costo demasiado alto. El pelo de Amanda entre sus dedos era tan suave como siempre se lo había imaginado, su cuerpo tan o más escultural, pero el Nico supo que jamás sería capaz de evocarlos. Irían a dar al baúl junto con el resto de sus recuerdos más intensos, el que luego sería enterrado bajo las capas y capas de anécdotas vacías, exageradas o fabricadas que le vivía contando a Cristián y al resto del mundo.
Pero así era la cosa. No era fácil ser el Nico. Nadie lo sabía mejor que él.
