El Goleador

Por Lucas Rodríguez Schwarzenberg

(English version)

El Nico se quitó la polera mojada y la colgó de una de las barandas. Se palmeó los pectorales un par de veces, tratando de dar con el ritmo de la canción que tenía en la cabeza. Al abrir un bolsillo lateral de su bolso, notó que no había traído el desodorante. Cristián le prestó el suyo, bajo condición de que no se lo acabara. Mientras se cubría en una nube de aerosol, el Nico siguió hablando: “Yapo, mi vieja me está obligando a que vaya a ver a esta psicóloga. Tu cachai que a mí esas weás no me tincan nada. Hasta donde yo sé, tenís que estar medio loco primero. Y salvo que estemos hablando de mi juego en la cancha, ¿ah, me cachai? Creo que yo estoy bastante bien de la cabeza”. Solo quedaba una persona en el camarín aparte de ellos dos. Era un flaco con una barbita de candado, un tatuaje del pato Donald sobre un hombro y otras características físicas que para el Nico, no se condecían en nada con la posición en la que jugaba. “Llego a la consulta, niuna gana de entrar. Toco la puerta y weón, me abre esta mina increíble. Preciosa, exquisita. Estaba vestida como con una falda larga y una de esas como chaquetas medias de hombre, así que no le pude cachar bien el cuerpo, pero igual me parece que está fit. ¡La cagó la mina weón!”. Cristián escuchaba atento sentado en una banca, flanqueado por el bolso y la ruma de ropa del Nico. Tenía los ojos muy abiertos y las pupilas dilatadas de un niño captando algo ajeno o prohibido: asentía y pronunciaba monosílabos cortos, aun algo ahogados por el cansancio del partido, tratando de mantener hablando al Nico. La absoluta falta de interés en la anécdota que demostraba el flaco del tatuaje del pato Donald mermaba la concentración de su narrador. “La psicóloga me dice que pase, es terrible de amable. O sea… no sé. La he visto solo un par de veces, entonces aun no estoy seguro si es gentil como porque es su pega, o por… tu cachai”. Volviendo a palmearse el pecho, el Nico se rio muy fuerte. Cristián se rio con él. Ahora sí lograron que el flaco del tatuaje se interesara en ellos, aunque fuera solo para conocer el motivo de que estuvieran gritando dentro de un camarín. “Siempre me hace tomar asiento en un sillón blanco con forma como de cáscara de maní, acolchado, terrible de cómodo. Onda si no la tuviera a ella al frente, te juro que me quedaría dormido. Ella, Amanda se llama, es de esas psicólogas que tratan de hablar lo menos posible. No es que yo tenga algún problema para poner una frase delante de la otra tampoco”. Se volvieron a reír, pero el flaco del tatuaje ya se iba yendo. “Te apuesto que en menos de tres meses, me gano a la psicóloga. Onda para la primavera. Anótalo. Como que me llamo como me llamo y que he hecho lo que hecho”. Mientras terminaba de cerrar su bolso, apoyando una mano sobre los hombros de Cristián, el Nico le dijo que fueran a tomarse unos copetes, cosa de rehidratarse un poco antes de seguir hacia la disco.

Tomaron una mesa en un rincón, junto a la ventanita que el Nico abría para poder fumar sin tener que salir del local, un privilegio que se había ganado a cambio de su fidelidad y una que otra mención al bar en su populoso Instagram. Los vasos de medio litro llegaban llenos de piscola y se iban vacíos como si para conseguir uno fuera necesario el otro. Decidida la disco a la se irían después, los dos amigos quedaron en silencio. De fondo sonaba una canción de Guns ‘n’ Roses. Cristián la tarareó, registrando el lugar en busca de alguien que notara lo que estaba haciendo. El Nico jugueteaba con la cajetilla vacía, se registraba los pantalones, sacaba y volvía a guardar su teléfono. Solo cuando la mesera pasó cerca de ellos lograron poner fin al silencio. Hace unos meses atrás, inspirados tanto por una resonante victoria en la cancha como por una borrachera inusualmente profética, habían invitado a la mesera a que se sentara a tomar con ellos. La manera rotunda en la que ella negó la invitación, sacudiendo su cabeza con violencia, llevándose una mano al pecho como si le hubieran causado una obstrucción a la aorta, complicó sus interacciones por los siguientes cuatro meses. Situar a la psicóloga del Nico en el trono que la mesera había abdicado fue la terapia ideal para dejar atrás el incómodo impase, especialmente porque ella no tenía ninguna intención de renunciar ni ellos de buscarse un bar nuevo. El Nico hablaba emocionado de Amanda, sobre cómo la hacía reír con las historias que le contaba, al punto de que muchas veces ella abandonaba sus indagaciones para preguntarle por otras anécdotas, irse por tangentes y más que nada, conocer más sobre su vida. “Hasta le he contado que juego acá, en la liga. Me preguntó que en qué posición. ¿Sabís qué le respondí? ¡Goleador!”. Cristián se sobresaltó: existía la posibilidad de que el Nico lo hubiera incluido en sus relatos. Ser parte del imaginario que se conjuraba dentro de la oficina de la psicóloga lo hacía sentir cerca de ella. En el caso improbable, pero no imposible, de que algún día la conociera, Amanda, esa mujer con un nombre compuesto casi exclusivamente por letras A, algo que le daba un aire de femineidad suprema, sabría que él era el Cristián, el compadre del Nico, el que siempre estaba ahí para él. Intentó pensar en algún subterfugio mediante el cual informarse sobre su existencia en el relato. Se le ocurrió preguntar si había hablado con Amanda sobre la época en que se conocieron. El Nico asintió, pero de una manera oscura y brusca, como si un día soleado se acabara de nublar. “Le gustan mucho las historias de cuando era niño-niño, así casi preescolar. No me acuerdo de casi nada de esa época. Onda mis papás separándose, entrar al colegio y sería, así que no sé qué tanto le sirvan. Igual me sonrió cuando se lo dije, pero de una manera rara. Tiene una sonrisa preciosa, pero esa vez no me gustó. Después me dijo que ‘había tanto en lo que se dice como en lo que no‘. Una cosa así, media creepy”. Solo mencionar ese momento hizo que el Nico volviera a sentir lo que sintió esa tarde. Frente a él, Cristián, acodado sobre la mesa, sus cejas gruesas situadas como barreras de contención, el mismo Cristián al que siempre le daba consejos y maravillaba con sus cuentos, ahora lo presionaba por una respuesta. Desesperado, el Nico sugirió que pidieran la cuenta. Sacando su teléfono, le hizo ver a Cristián que si no partían pronto, no iban a alcanzar a entrar a la disco. Cuando escuchó que le preguntaban hasta qué hora se podía entrar, respondió una hora cercana pero fácil de alcanzar, además de completamente ficticia.

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La consulta estaba completamente en silencio. El Nico desplazaba su mirada por las repisas, notando uno a uno los adornitos, casi todos souvenirs de viajes. Ni la réplica en miniatura de un mohai, el mono ekeko o la ultra trillada reproducción de la torre Eiffel le sirvieron de distracción. La presencia de Amanda, sentada con una pierna sobre la otra a un poco más de dos metros de él, lo hacía saltar del agrado al terror, de notarse frente a alguien que lo maravillaba a caer en la cuenta de se trataba de un depredador. Ella movía el pie con un ritmo lento y confiado, una sandalia de cuero elegantemente sencilla colgando de la punta de sus dedos. Las uñas pintadas de un calipso pálido. Llevaba el pelo tomado salvo por un par de mechas que le caían sobre las orejas, el perfil suave cautivando al Nico aunque fuera la enésima vez que lo veía. Estaba distraída por un ruido de afuera; la primavera se estaba recién acomodando. Cuando volvió la vista hacia él, sonrió, dejando esa expresión fija en su rostro hasta que abandonara todo efecto reconfortante.

Las dos veces que había intentado preguntarle si prefería que dejarán de lado el tema del divorcio de sus padres, el Nico la había interrumpido para asegurarle que estaba todo bien. ‘Hay tanto en lo que se dice, como en lo que no, ese mantra traicionero que Amanda había vuelto a emplear le constreñía el cerebro. Desesperado, el Nico comenzó a divagar. Sus palabras le sonaban como esos trombones desafinados que salían de la boca de los padres de Charlie Brown. Las intervenciones de ella le parecían corrientes de aire helado cargadas de elocuencia. “Bueno, no sé si algo de lo que he dicho te ha servido. O sea, obvio que sí, si erís una psicóloga seca”. El Nico se dio cuenta que había cerrado los ojos solo cuando terminó de decir esa frase, apretándolos con fuerza como si temiera asistir al efecto de sus palabras. Amanda asintió, le dio las gracias y lo miró fijamente, volviendo a la carga sin emplear una sola palabra. Mientras el Nico intentaba dar inicio a alguna anécdota ya contada con anterioridad, Amanda se soltó el pelo: dejándose el colet en la boca, se lo empezó a amarrar en un estilo distinto. Lo hizo con toda la calma del mundo, dedicando varios segundos a cada una de las vueltas y gestos. Para cuando el Nico dijo un chiste, ella aprovechó de sacar su teléfono y usarlo como espejo.

El Nico sintió que todas sus ideas se ordenaban. La suerte de huracán de conceptos y palabras que le desordenaba la cabeza desapareció como si nunca hubiera estado ahí. Sintió los músculos de su cuello tensándose de una manera similar a cuando le hacían una falta jugando futbol. La consulta se le desvaneció de la vista. Lo único que notaba era a Amanda en el centro, la total falta de atención que mostraba hacia él haciéndola arder como un metal enrojecido. “No sé para qué te trato de-de-decir las cosas, si no me pones atención”. Aun con el colet entre los labios, Amanda le respondió levantándose de hombros. “¿Te importa algo de lo que digo? ¿O de lo que me pasa?”. Ella le respondió que la verdad era que no, pero que por su trabajo tenía que hacer como que sí. El Nico sintió que perdía el control sobre partes de su rostro, los que empezaron a lagrimear, tiritar o contraerse involuntariamente. “¿Sabís qué? No sirve de nada hablar con una mujer. No les interesa nada, no tienen sentido del humor… son todas unas…”. Amanda lo instó a que terminara la frase. El Nico no pudo. “Es que sabís que ya ni entiendo de qué sirve esto. Ustedes los sicólogos son unos raros. El resto de los médicos, una… uno, va donde ellos y ellos te arreglan. Ellos son los expertos y por eso son ellos los que trabajan. Contigo como que estoy pagando… o ya, mi vieja está pagando, como para que yo lo haga todo. Y esa weá está mal. No siento que me haga nada. Pero ella me insiste con que venga. Le he dicho mil veces que no saco nada, pero no me escucha. Si con ella yo nunca he tenido opinión. Entonces puta, qué hago. Vengo para acá a qué me escuchen y tú tampoco… ¡veís!”. Amanda le juró que lo escuchaba, solo se había parado para alcanzarle los pañuelos desechables. El Nico siguió, aún más rápido y a un volumen aun mayor: “Hace rato que me venís insistiendo con esto de que me acuerde de cuando era chico, pero como que no te das cuenta que no puedo porque no me acuerdo. Pero como que eso no te importa. Me insistes y me insistes y me insistes. Si ya a la primera no pude, no porque trate de nuevo va a salir. Y no me gusta que pase eso. Yo hago mi día de lo más tranquilo, ahí puedo hacer de todo. Paso los ramos, soy conocido en la U, meto goles en la liga. Me va tan bien, que puedo no pensar en estas cosas. Pero de ahí vengo para acá, cuento esas cosas, pero siento que las cosas que me hacen feliz no te interesan, solo las que me hacen mal. Y no quiero. No voy a sentirme mal por gusto. No pienso venir más a verte, porque solo me tratas mal. Eres una mala persona, solo me haces daño”.

La nariz le ardía y en sus oídos sonaba un pito. El Nico tenía la cabeza entre sus manos, sosteniéndola como si fuera algo pesadísimo a punto de caerse. Se demoró varios segundos en sentir las caricias en el costado de su rostro, el perfume que luchaba para ascender por sus congestionadas vías respiratorias. Apenas notó que otro cuerpo se acomodaba junto al suyo. Los besos le llegaron como un eco. A medida que iba reciprocando las caricias, comenzó a recuperar el control. Había conseguido lo que deseaba, pero lo había hecho a un costo demasiado alto. El pelo de Amanda entre sus dedos era tan suave como siempre se lo había imaginado, su cuerpo tan o más escultural, pero el Nico supo que jamás sería capaz de evocarlos. Irían a dar al baúl junto con el resto de sus recuerdos más intensos, el que luego sería enterrado bajo las capas y capas de anécdotas vacías, exageradas o fabricadas que le vivía contando a Cristián y al resto del mundo.

Pero así era la cosa. No era fácil ser el Nico. Nadie lo sabía mejor que él.

The Scorer

By Lucas Rodríguez Schwarzenberg

(Spanish version)

Nico took off his wet T-shirt and hung it from one of the side rails, then tapped his pecs a couple of times, trying to match the rhythm of the song that was playing in his head. When he opened a side pocket of his sport bag, he noticed that his deodorant was missing. Cristián lent him his, provided he didn’t empty it. As he covered himself in an aerosol cloud, Nico resumed talking: “So, my mum is making me go see this Shrink. You know that I don’t really believe in that stuff. Far as I know, you’ve got to be a bit crazy first. So unless we’re talking about my skills on the field, I think I’m quite sound, know what I mean?”. There was only one person left in the dressing room apart from the two of them. A skinny guy with a padlocked beard, a Donald Duck tattoo over one shoulder and other physical characteristics that were not in any way related to the position in which he played. “So I arrive at the shrink’s office, with no intention of going in. Knock on the door and man, this gorgeous comes out. Amazing, perfect 10. She was dressed in a long skirt and one of those manly jackets, so I couldn’t really take a look her body, but I’m guessing she was fit as fuck. What a woman, man!”. Cristián listened carefully while sitting on a bench, flanked by Nico’s sports bag and pile of clothes. His eyes were wide open and the pupils dilated like those of a child capturing something foreign or forbidden. He nodded and pronounced short monosyllables, still somewhat muffled by the weariness of the match, trying to keep Nico focused. The absolute lack of interest in the anecdote that the Donald Duck tattoo guy showed undermined the focus of his narrator. “The shrink lady tells me to come in, so, so nicely. I mean… I’ve seen her just a couple of times, so I’m not sure if she’s nice because that’s her job or because… you know”. Patting his chest again, Nico laughed very loudly. Cristián laughed with him. They managed to get the man with the tattoo interested in them, even if it was only to find out why they were shouting inside a dressing room. “She always makes me sit in this white, awfully comfortable, peanut shell shaped padded sofa. If I didn’t had her in front of me, I would surely fall asleep. But she, Amanda, that’s her name, is one of those shrinks that tries to speak as little as they can.  Not that I have a problem coming up with something to say or anything”. They laughed again, but the tattoo guy was on his way out. “I’m telling you now: in three months or less, ill manage to score the shrink. Just in time for spring. You can write that down. As I’m called what I’m called and that I’ve done what I’ve done that I’ll manage it”. As he finished closing his sports bag, Nico rested one hand on Cristián’s shoulder and told him they should go have some drinks, get rehydrated before moving on to the club.

They took a table in a corner, next to the little window that Nico opened in order to smoke without having to go out, a privilege that he had earned in exchange for his loyalty and one or two mentions of the bar in his populous Instagram. The half-liter glasses arrived filled with piscola and left empty as if one were necessary to get the other. After deciding which club they would go later, the two friends went silent. In the background there was a song by Guns ‘n’ Roses. Cristián hummed it, searching the place for someone who would notice what he was doing. Nico played with an empty cigarette box, checked his pants, took out and put his phone away repeatedly. Only when the waitress walked past them did they manage to put an end to the silence. A few months ago, inspired by both a resounding victory on the field and an unusually prophetic binge, they had invited the waitress to sit down and have a drink with them. The blunt manner in which she refused the invitation, shaking her head violently, guiding a hand to her chest as if they had caused an obstruction to her aorta, complicated their interactions for the next four months. Placing Nico’s shrink on the throne that the waitress had vacated was the ideal therapy to get past the uncomfortable impasse, especially since she had no intention of resigning and they had no desire to find a new bar. Nico spoke excitedly about Amanda, about how he made her laugh with his anecdotes, to the point that on many an occasion she abandoned her inquiries to ask for other stories, go on tangents and in the end, get to know more about his life. “I’ve even told her about football, our team and the league. She wanted to know in which position I played. Know what I told her? Goalscorer!”. Cristián was shocked: there was a possibility that Nico had included him in his stories. Being part of the imaginary that was conjured up inside the psychologist’s office made him feel close to her. In the unlikely, but not impossible, scenario that he got to meet her one day, Amanda, that woman with a name composed almost exclusively of letters A, something that gave her an air of supreme femininity, would know that he was Christian, Nico’s wingman, the one who was always there for him. He tried to think of some subterfuge by which to find out about his existence in the story. It occurred to him to ask if he had talked to Amanda about the time they met. Nico nodded, but in a dark and abrupt manner, as if a sunny day had gone cloudy. “She seems to enjoy most of all the stories from when I was a kid, like pre school young. I hardly remember anything from that time. Maybe my parents splitting up, first day of school and that’s it, so I don’t know how much she can get out of them. When I told this to her, she smiled, but in a strange way. She’s got a beautiful smile, but i didn’t enjoy it that time. Then she said something like ‘There’s as much in what is kept as what’s been said’. Something creepy like that”. Just mentioning that moment made Nico feel what he had felt that afternoon. In front of him, Cristián, leaning on the table, his thick eyebrows placed as containment barriers, the same Cristián to whom he always gave advice and marveled with his stories, now pressed him for an answer. In desperation, Nico suggested that they ask for the check. Pulling out his phone, he made Cristián realize that if they didn’t leave soon, they wouldn’t make it to the club. When he was asked until what time they could get in, he answered an hour that was nearby but easy to catch, and completely fictitious.

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The shrink’s office was completely silent. Nico roamed his gaze over the shelves, noticing one by one the little ornaments, almost all of them travel souvenirs. Neither the miniature replica of a mohai, the ekeko doll or the ultra-trite reproduction of the Eiffel Tower served as a distraction. Amanda’s presence, sitting with one leg over the other a little more than two meters away from him, made Nico jump from pleasure to terror, from being in front of someone who marveled him to realize that it was a predator. She moved her foot with a slow, confident rhythm, an elegantly plain leather sandal hanging from the tip of her toe. Nails painted pale calypso. She wore her hair up except for a couple of strands that fell over her ears, the soft silhouette as captivating to Nico as the first time he saw it. A noise from the exterior distracted her; spring was settling in. Looking back at him, she smiled, leaving that expression fixed on her face until it had lost any comforting quality.

Both of the times that she had tried to ask him if he would rather put aside the issue of his parents’ divorce, Nico had interrupted her, reassuring loudly that it was all right. ‘There’s as much in what is kept as in what’s been said’, that treacherous mantra that Amanda liked to employ, constricted his brain. Desperate, Nico began to digress. His words sounding to him like those out-of-tune trombones that came out of the mouths of Charlie Brown’s parents. Her interventions seemed like icy air drafts loaded with eloquence. “Well, I don’t know if anything I’ve said has been of any use to you. I mean, of course it does, you’re an amazing specialist”. Nico realized that he had closed his eyes only when he finished saying that phrase, squeezing them tightly as if he were afraid to witness the effect of his words. Amanda nodded, thanked and stared at him, resuming the task without uttering a word. While Nico was trying to kick off an anecdote that had already been told, Amanda let her hair down: leaving the colet in her mouth, she began to tie it in a different style. She did it with serenity, dedicating several seconds to each of the twists, turns and gestures. By the time Nico got to a joke, she took the opportunity to take out her phone and use it as a mirror.

Nico felt all his ideas coming together. The hurricane of concepts and words that cluttered his head disappeared as if it had never been there. He felt the muscles in his neck tightening in a similar way to when he got fouled playing soccer. The office vanished from his sight. The only thing he noticed was Amanda in the center, the total lack of attention she showed towards him making her flare up like crimson steel. “I don’t know why I e-e-even try to tell you stuff, you never listen to me”. Still holding the colet in between her lips, Amanda replied by lifting her shoulders. “Do you care about anything I say? Or anything that I go thru?”. She told him that as a matter of fact she didn’t, but because of her work she had to pretend to care. Nico felt that he was losing control over parts of his face, as they began to tear, shiver or contract out of his control. “You know what? Talking to a woman is a waste of time. You don’t care about anything, you lack any sense of humor… you’re all a bunch…”. Amanda urged him to finish his sentence. Nico was unable to. “It’s just that I no longer understand what’s this all about. You shrinks are a strange bunch. The other doctors, you go to them and they get you fixed. They’re the experts so they’re the ones doing all the work. With you I’m just paying… my mums paying, for me to carry the load. And that shit’s wrong. I don’t feel I’m doing a thing. But she insists that I come here. I’ve told her a thousand times that I don’t get anything in return, but she never listens to me. With her I’ve never had an opinion. So, shit, what can I do. I came here to be listened to but you also… see what I mean!”. Amanda swore that she was listening to him, she had only got up so she could reach for the tissues. Nico went on, even faster and at an even higher volume: “You’ve been pressing me for ages with this remembering my infancy thing, but it’s like you don’t realize that I can’t do it because I don’t remember shit. But you don’t seem to care. You keep insisting and insisting and insisting. If I wasn’t able to do it the first time, not because I try again its gonna come out. I don’t like it when that happens. I go on my day without a hitch, there’s nothing I can’t get done. I get approved in the courses, I’m well known at uni, I score in the field. I’m so successful, I can go on without having to think on this stuff. But then I come here, start talking about all this, and I get the feeling that you don’t give a damn about the things that make me happy, you only care about the ones that upset me. And I don’t want it. I’m not gonna feel bad on purpose. I’m not coming back here to see you anymore because you only mistreat me. You’re a mean person, you hurt me”.

His nose was burning and his ears were ringing. Nico held his head in his hands, as if it were something heavy that was about to fall. It took him several seconds to feel the caresses on the side of his face, the perfume struggling to ascend through his congested airways. He barely noticed another body settling in next to his. The kisses came to him like an echo. As he was reciprocating the caresses, he began to regain control. He had gotten what he wanted, but at too high a cost. Amanda’s hair between his fingers felt as soft as he had always imagined, her body as sculptural or even more so, but Nico knew he would never be able to evoke them. They would go to the chest along with the rest of his most intense memories, which would then be buried under the layers and layers of empty, exaggerated or fabricated anecdotes that he told every day to Christian and the rest of the world.

But that’s the way it was. It wasn’t easy being Nico. No one knew it better than him.

Espacios Vacíos

Por Lucas Rodríguez Schwarzenberg

(English version)

Esa noche no debería haber tenido nada de raro. Yo estaba piola, prendiendo el Play, cortándome el último pedazo de una pizza del Papa Juan. Quemando tranqui para probar el producto. Veía el humo subir hacia el techo con esas vueltas como de serpiente que se va dando en el camino. Lo encuentro bonito. Una vez se me ocurrió hacer una exposición con fotos del humo subiendo hacia el cielo. Saqué un par de fotos, con la cámara análoga y todo, pero después me desinflé, qué sé yo. Quizás lo retomo algún día. La típica cuando un loco me venía a comprar era que me avisara cuando estuviera cerca, onda a cinco o dando la vuelta a la calle que da a la zapla, cosa que yo baje muy como que me fui a fumar un cigarro. Por la tele y las películas uno cree que es peligroso, pero una vez que te metís a hacerlo, cachai que vender weed por el eje La Reina, Las Condes, Provi, es terrible de fácil. Hay tantos canales, tanta red social y tantos weones volaos llevándose la sorpresa de que no les queda para quemar. Cuando llegan entramos bien pegados, cosa que parezca que nos conocemos y no se pasen rollo los viejos paranoicos que viven en el edificio. Uno que es ex milico salió una vez en bata a la puerta a decirme que me tenía identificado. Ahí me asusté un poco, pero aparte de eso, nunca tuve problemas.

Al Alfredo le tiritaban las manos cuando entramos a mi depa: en un momento se apoyó contra la puerta y la puerta se empezó a golpear contra la pared. Fuera de webeo, siguen ahí las marcas de la manilla clavada en el muro, varios hoyitos chicos. Ya por wasap lo noté raro: su primer mensaje, después de preguntarme cómo estaba (¿quién mierda se preocupa por la salud y el bienestar del dealer? Con que esté vivo basta), me pregunta si “vendo cigarrillos de marihuana”. ¿Cachai la volaíta? Y la foto de perfil que tenía: cuerpo completo, parado al lado de una de estas bicis eléctricas, con un casco enorme, coderas y rodilleras tapadas en reflectantes, short beige, el uniforme estándar del papá demasiado precavido. A la mayoría de mis fumetas los conozco del colegio, así que es como de igual a igual la relación. Siempre me pelean los precios, por horas enteras a veces. Me llegan a sacar canas verdes los culiaos, más que nada porque al final siempre quedamos en lo mismo. En cambio este cuarentón con plata entró anunciando que tenía treinta lukas de presupuesto. Casi podría haber dicho Hola me llamo Alfredo y vengo a que me caguen. Pensé en pasarle como medio gramo e inventarle una mierda como de que el mercado andaba a la baja y que los uruguayos estaban en huelga y no sé qué mierda más. En mi experiencia, los viejos que vienen a comprar siempre aparecen porque tienen un evento, onda reunión de los compañeros por los 35 años de salidos del colegio, esas donde uno se consiguió cabaña en el Lago Rapel, otro carne y un asador que sabe cocer bien el cordero al palo, mientras que a los weones callados como el Alfredo siempre se los cagan y los dejan a cargo de la droga, dicho así mismo y con esos gestos como de niño maldadoso: bajando la voz, risitas nerviosas, mirando sobre el hombro como si fueran a entrar los papás a retarlos. Pero nuestro pobre Alfredo se pasó manso rollo y terminó buscando hierba: en su lógica inocente contaba igual como droga. La razón tenía que ser esa o el fin de semana típico de la crisis de la mediana edad, ese caldero de bruja revuelto con hierba, copete, motel y una amante. Aunque entre lo pelao, panzón y con esa vocecita emasculada, el Alfredo no me pareció del tipo que se seduce a la mamá recién divorciada del curso de su hija, menos aun a la profe de francés. Él me parecía más escrupuloso, del tipo escort cara, rubia natural, que no tenga la necesidad de culiarse viejos sino que lo hace porque le gustan. Una tan profesional que hasta le haga boleta por servicios prestados, cosa de que la pueda deducir como gasto de la empresa. Porque con eso sí le achunté: el Alfredo tenía una empresa. Con todo el resto le herré, pero así mal.

Me resulta muy raro pensar ahora en él. No tanto por cómo terminó, sino que por lo que lo llevó a eso. Y a cruzarse conmigo. El pobre Alfredo no podía no ser él mismo todo el tiempo. Me acuerdo que lo hice sentar en el sillón ordinario que le tenía a mis clientes, el del tajo en el apoyabrazos que le hice yo mismo con el cuchillo de la pizza la vez que me fui en pálida y me tomé demasiado en serio lo de darle un ambiente más okupa al depa. Igual nunca logré que dejara de parecer el lugar donde vivió toda su vida el viejo alemán medio rallado de mi abuelo. Yo traté de sacar muebles, descolgar esas águilas metálicas terrible de nazis y poner posters de las bandas que me gustan, como para decir que aquí vive ahora un weón medio zafado, no un viejo millonario que nunca se cambió de casa por tacaño. Viejo loco weón. Con razón mi vieja salió como salió si… puta madre, perdona, me fui en otra. Tú quieres saber sobre el Alfredo. Es que… no sé, siento que a estas alturas su vida se entrecruzó con la mía. Algo tienen esas historias que lo acorralan a uno. Como que sufrir una tragedia le fuerza un sentido a cualquier vida, por muy vacía que sea. Tragedias como la de él nadie las anda buscando. Pobre Alfredo. Y yo creyendo que se quería tirar a la profe de francés. Me doy vergüenza, te juro que me doy vergüenza.

Entonces, qué. Tengo al cliente tosiendo como tuberculoso después de la quemada que le pegó al pito y que, dicho sea de paso, me confesó que fue la primera de su vida. Yo tampoco me la creí. 52 años y nunca. Una locura. Es casi como llegar virgen a esa edad. Me explicó que era porque había tenido unos papás full sobreprotectores que le metieron en la cabeza que fumar o tomar lo iba a dejar tonto, chico y feo. Como les hice caso, no salí tonto, me dijo después, o algo así. En su momento no entendí que era talla. Ahora me acuerdo y me da caleta de risa. Todos me han dicho que el Alfredo tenía un sentido del humor así, medio irónico. Yo no alcancé a conocerle esa faceta. La cosa es que de esos papás ogro pasó directamente a una esposa paciente y cariñosa que lo aceptó como venía, con toda su timidez y castidad. Al par de años le salió la hija, con la que pudo reinterpretar todos sus traumas y bloqueos hacia la vía del padre ejemplar. Yo lo veo así: la vida del Alfredo era una carretera recta, lisa y despejada. Él un conductor que nunca supera el límite de velocidad y no se distrae con nada, sin importar qué tan interesante se ponga el paisaje. Al lado de eso, yo soy una bola de flipper rebotando por todos lados, única motivación disparar todas las luces que pueda. El Alfredo me fue contando todas estas cosas entre tos y tos. En ese momento no caché hacia donde iba, así que me dedique a decirle que había que dejarse llevar nomás, quemar y seguir la dirección del humo. Desubicado, terrible, pero qué iba a saber yo: si le quitas el final trágico, su historia de vida es terrible de linda. Lo que atiné a hacer fue volver a prenderle el pito (mi encendedor solo le hace caso a mis propios dedos) y darle unos tips para que quemara bien. De repente se me ocurrió corregirle la manera en que lo tomaba. Él lo sostenía como toman las cucharas los niños chicos. Le coloque bien el pito en la mano, hasta le separé los dedos uno a uno. Cuando lo tuvo bien, le dije que no se moviera y le tomé una foto. Salió increíble. Había tanto humo en la pieza que apareció borrado, tipo fantasma, pero un fantasma que sabía cómo sostener sus caños. Si no me hubieran requisado el cel te la mostraría.

Yo sé qué me vas a salir de nuevo con eso de que es un buen mecanismo para localizar el trauma y destrabarlo, pero me da cosa esto de ponerme (¿equipararme era la palabra, o no?) al nivel del Alfredo. No lo siento justo. Tampoco voy a decir que mi vida ha sido un tobogán. No sé cuánto le duró a mi vieja la sonrisa por haber tenido un hijo, pero no fueron más de cinco años. Tres incluso. De ahí en adelante, cara de orto forever. Si fuera por ella, me mandaba a las minas de carbón a ganarme el pan con el sudor de mi frente. Si una de sus “tallas típicas” es que deberían volver a permitir el trabajo infantil. Toda una humorista, mi madrecita. La cuea que tuve de que coincidiera la visita de la inspección del trabajo con el primer día en que me llevó a “conocer la labor de la familia”. El inspector me ve en una esquina, cortando hojas con un cuchillo cartonero en una mano mientras balanceó la tetera con agua hirviendo en la otra, mi vieja tres paredes más allá, firmando documentos y autorizando pagos, y casi se cae de raja. El viejo me preguntó mi edad. Diez recién cumplidos, le dije, orgulloso de mis dos dígitos de vida. Se le llegaron a encrespar las pestañas detrás de sus lentes poto de botella. Casi le echó abajo la puerta a mi vieja cuando entró conmigo colgando del brazo. Ella se deshizo en explicaciones y excusas para justificar mi presencia en el galpón. Hasta dijo que había sido idea mía, que yo quería ver qué hacían los adultos cuando se iban de la casa. Si le hubiera tocado un inspector más joven, un flaco medio perdido, de esos que caen fácil si una rusia ABC1 los llega a mirar con ese par de piedras azul-grises frías como el hielo, hubiera zafado. Pero le vino a tocar uno de esos viejos duros, de bigote canoso y cargo secretarial en el sindicato, un acorazado Potemkin de carne tersa y sangre fría, con un odio férreo hacia la gente rubia. Aparte de multarla por mil otras weás, el viejo le advirtió que iba a volver a visitarla uno de estos días, cosa de corroborar que hubiera aplicado los cambios, y que si volvía a pillar a este cabro (yo) por acá, le clausuraba la operación. Con esas palabras se lo dijo. La puteada que le mandó mi abuelo cuando supo, se escuchó de ahí a júpiter. Así me logré sacar de encima el trabajo infantil, pero a cambio mi vieja me odió el triple. La había hecho quedar mal frente a su papá. Y para ella, ese era el pecado mortal, así que dedicó los años siguientes a desquitarse conmigo. No era que me pegara ni nada: igual la había criado mi abuelo, así que por mucho que me odiara, el decoro iba antes que los sentimientos; fuera el sentimiento que fuera. Lo que hizo fue darme pura comida como el hoyo (unas croquetas de pescado a medio descongelar con un puré de caja que valían como 1/10 de lo que costaban sus vinos) y la misma todos los días. Un amigo que estudia medicina me dijo que eso debió haber contribuido a que no parezco de mi edad. Mi vieja llegaba tarde a la casa y si me dirigía la palabra, era para preguntarme por las notas. Yo muriéndome de ganas por hablar sobre el partido de fútbol o la carta pokemón que le había cambiado a un amigo, pero a ella solo le interesaban las pruebas. Obvio que me iba pésimo: entre que no me interesaba nada y sentía que sacarse buenas notas era darle en el gusto a la bruja.

Los únicos recuerdos lindos que tengo de esa época son los tres años en que mi vieja se emparejó con el papá del Marcos. Su nombre no importa: era un viejo bien saco de weas en verdad. Pero bueno, no podís ser muy simpático si te parece una buena idea juntarte con alguien como mi señora madre. Lo que importa es que ese viejo se mudó a nuestra casa como a la semana y con él vino el Marcos, mi nuevo hermanastro. Creo que ese weón fue el pariente más querido que he tenido. Y eso que era postizo. Quizás por eso mismo: la sangre que le corre por las venas a mi familia está contaminada. Estoy seguro que si mi bisabuelo se hubiera quedado en Alemania para la Segunda Guerra, hubiera terminado de asesor del Führer. Pero el Marcos venía de otro lado, también tenía un solo viejo y uno medio conchesumadre. Un pelao cabeza de plata que solo sabía ponerse a hablar de sus Audis y cuánto le había costado traérselos de afuera. Igual que mi vieja me odiaba a mí, él odiaba al Marcos. Lo odiaba porque le había salido humanista, lector e izquierdoso, pero más que nada, porque tenía una cabellera de pelo gruesa e interminable (Es pelo de caballo, decía él) que le sacaría canas verdes si hubiera tenido algo que encanecer. Mezquino, totalmente mezquino. Pero así es con los adultos que nunca maduran: no es que se queden pegados en los 23, se quedan en los 12. El Marcos era un amor, aunque al principio no me pescó mucho. Él tenía 18, estaba en primero de U e interesado solo en las aplicaciones prácticas del Manifiesto Comunista, mientras que yo era un pendejo prepuber que se acostaba y levantaba con el control de Play en la mano. Pero de a poco nos empezamos a conocer y a hacer causa común: él veía a mi vieja webiarme y yo lo veía discutir con su viejo. De eso pasamos a tirar la talla, ver películas y después de una tarde en que entré a su pieza para pedirle un sacapuntas sin tocar la puerta y lo pillé fumándose un porrito, volarnos juntos. Ahí se abrió todo: nuestros viejos llegaban en la noche, si es que no se iban a un motel donde pudieran tirar sin el ruido de mis juegos de Play o el rock progresivo del Marcos, así que nos echábamos en el pasto, el pito pasando de ida y vuelta debajo del cielo azul, o en la cocina, donde nos preparábamos unas salchichas quemadas con salsa golf para hacerle frente al bajón. Qué manera de reírnos. Y por lo que fuera: todo podía ser divertido cuando estábamos volaítos. Hasta las cosas más tristes éramos capaces de ir pelándolas como si fueran un plátano hasta darnos cuenta de lo absurdas que eran. Puta que era chistoso el Marcos. Todo podía convertirlo en un chiste. Él decía que primero estaba el humor y de ahí todo lo demás. Una de sus imitaciones favoritas era Karl Marx… ridículo, obvio. Qué mierda sabía yo a los 15 quien era ese weón, pero el Marcos lo hacía tan chistoso. Eso o su weed era de la potente.

Tres años duró hasta que mi vieja se aburrió del papá del Marcos y lo echó de la casa. Nos despertó a todos con sus gritos de ¡Flojo! ¡Pelao culiao flojo!. Resultó quesu empresa estaba con pérdidas y eso para mi madre era imperdonable. No importaba la crisis asiática, los flujos de los mercados o los cambios en la tecnología, la única explicación posible era que él estaba sacando la vuelta, y ella no estaba para estar echándose al hombro a nadie; ya tenía suficiente conmigo. Al otro día mi vieja llegó de la pega, me apagó la tele y confirmó la sospecha de que esos años habían sido más una excepción que la norma. Me habría dado más pena si no fuera porque, 1) estaba fumando tres veces al día,  y 2) porque hacía un rato ya que el Marcos se había emparejado con la tataranieta de no me acuerdo cuál de esos oligarcas (énfasis en el -garca) de los tiempos de la colonia, una loca con más pares de zapatos que amigos. Lo dejó todo por estar con ella; hasta se cortó el Pelo de Caballo. Lo último que supe fue que se casaron. Me topé con una foto del matri cuando hojeaba un Mercurio en la sala de espera del dentista. Le mandé un wasap al Marcos diciéndole que me alegraba mucho y que iba quemar uno en su honor. Él me respondió tres días después con ese emoticón del pulgar hacia arriba.

Ya sé qué perdí mal el hilo de lo que estábamos hablando. Pero te juro que hay una conexión: le conté esto mismo al Alfredo. ¿Por qué? No tengo idea. Así es cuando uno está fumando con alguien. Se bajan las defensas. Te pones a contar cosas que no le contarías a nadie y que tampoco nadie se daría la paja de escuchar. Pero eso es el efecto mágico de la weed. Como que te acerca el corazón al de la otra persona, o algo así. La cosa es que yo iba a seguir hablando. Podría haber seguido hablando por días enteros. Pero el Alfredo se había puesto a llorar. Primero creí que estaba volao a un nivel impresionante. Igual había muchísimo humo en el living: quizás le había entrado en los ojos. Aparte que su cuerpo no acompañaba lo que estaba ocurriendo en su rostro, no sé si me explico. Envés de estar doblado, con las manos en la cara y los hombros tiritando porque no saben cómo hacerse cargo de lo que ocurre, el Alfredo estaba sentado inmóvil, las manos apoyadas en el sillón, piernas estiradas. Inerte del cuello hacia abajo, pero con toda su vida ocurriéndole en el rostro. Le costó un mundo armar las palabras cuando le pregunté si estaba bien. Yo veía el aire salir de su boca, empujar el humo alrededor de su cabeza, pero no le entendía nada. Hasta que dejó de tratar, suspiró y me pidió disculpas.

Ahora que lo pienso, en ese momento debí haber tomado un poco más el control de la situación. Preguntarle si se quería acostar un rato, traerle un vaso de agua. Quizás hasta pedirle un Uber. Envés de eso, le dije que estuviera tranqui y volví a prender el pito. Le pegué una quemada y se lo acerqué. El Alfredo me quedó mirando. Me preguntó si no había pensado en terminar con todo, o si no quería terminar con todo. No me acuerdo de las palabras exactas. Quizás ni usó la palabra terminar, pero esa era la intención. Le respondí algo como que obvio, todos los días, cada vez que me sale algo mal o me matan en el Play. Esa última, la del Play, sé que la dije porque el Alfredo me quedó mirando fijo, como de esa manera cuando alguien da en el clavo. Ya no le corrían lágrimas, pero de alguna manera te daba la sensación de que seguía llorando. Ahora que sé lo del accidente y todo, pienso que en realidad llevaba años así, viviendo mientras lloraba y viceversa. 

Creo que entre los dos fuimos poniendo palabras hasta llegar a la idea del suicidio. No llegamos a esa palabra precisamente: digo, ¿quién mierda anuncia algo así en la vida real? Pero era la idea. Teníamos clara la intención, solo que en vez de tenerla en un solo término, la teníamos desarmada en un montón de palabras más chicas, como para que fuera más fácil de manipular. El Alfredo me apuntó el cuchillo que yo tenía para cortar la pizza, medio manchado con queso, salsa de tomate y orégano. Entre ese momento y verlo tirado con las venas chisporroteando sangre, solo me acuerdo de un par de cosas: que me pidió permiso para tomar el cuchillo y que cuando lo hizo, gritó. Aulló de dolor hasta que ya no pudo seguir haciéndolo. Al tiro supe que yo no iba a ser capaz de hacer lo mismo. Yo creía que era una pasada del cuchillo, un solo ssshhuuuuuiit, rápido e indoloro y se acababa todo. Pero la escena había sido horrorosa. La fuerza de voluntad me dio solo para tomar el cuchillo, mirarlo, sentirme como si estuviera frente a un perro rabioso o un oso o lo que fuera, y soltarlo. Después no sé si me desmayé o me quedé inmóvil.

Entre la weed, la plata y la diferencia de edad entre el Alfredo y yo, debe haber parecido que estaba claro lo que había pasado. El vecino ex milico llamó a los pacos diciendo que escuchaba gritos y al rato me estaban echando la puerta abajo. Creo que funcioné en automático por las próximas 48 horas. Quizás hasta me inculpé. Quién sabe. La verdad es que me sentía bastante culpable. Ni idea cómo llegaron a la conclusión de que no había sido yo sino que el mismo Alfredo el que se mató. Debe haber sido una mezcla de que yo estaba demasiado en shock como para parecer un asesino, los antecedentes del Alfredo (53 años, conducta intachable, perdió a su mujer e hija en un accidente en la carretera hace un poco más de un año) y esas cosas tipo programa de tele como la dirección del corte y la posición del cuerpo y no sé qué más. Me terminaron poniendo una multa por microtráfico. Estoy en tratamiento psicológico acá contigo, contando la misma historia todas las semanas cosa de que la hipótesis del suicidio se siga justificando. Y también me dejaron bajo la tutela de mi vieja, que si antes me consideraba un fracasado, el miembro de la exitosa familia Rottschwein que no duró más de un mes en ninguna carrera y que nunca ha tenido una pega decente, ahora ya no soy muy distinto a una pata coja o una deformidad congénita, un problema del que no puede deshacerse por mucho que trate. El depa sigue embargado como evidencia criminal. Tengo entendido que si sigue así por un par de meses más, el estado les permite venderlo al precio que salga, con mi Play adentro y todo. Mejor si lo hacen. No pienso volver a entrar ahí.

Creo que el Alfredo fue capaz de darse cuenta de algo que cuesta un montón asumir, que es que desde cierto punto en adelante, la cosa ya no mejora. Siempre te dicen que mañana es un nuevo día y que no sabes lo que va a pasar, pero la verdad es que para algunas personas ya fue suficiente. Aunque te levantes con la mejor de las confianzas, a la larga igual te vas a dar cuenta que por más que insistas, ya perdiste de vista el horizonte. Es súper mal visto llegar a esa conclusión. Lo entendemos como rendirse, y nada peor que rendirse en una sociedad de winners. Yo creo que desde la perspectiva del Alfredo, yo ya estaba en ese punto. Había aterrizado en él con calma con lo de estar encerrado en ese depa perverso vendiendo weed. Debió haber asumido que alguien así podía mostrarle como es que uno hace para rendirse. Pero cuando me conoció, se dio cuenta que no era tan fácil. No te das ni cuenta y quedaste pegado en esta especie de última parada. Llegar al final de la línea requiere de un último esfuerzo, justo cuando fuerzas es lo que ya no te queda. Va a sonar enfermizo, pero el Alfredo, lo que le pasó, su tragedia, me hicieron darme cuenta de eso, que para rendirse y para avanzar en la vida necesitas la misma energía. Obvio que es más fácil decirlo que hacerlo, pero siento que si logro dejar de lado las estupideces, dejar de ver las caras de mi vieja, mi abuelo, del Alfredo incluso en cada esquina, seguro echo a andar de vuelta mi vida. En una de esas hasta vuelvo a estudiar. Me gustaría aprender bien a sacar fotos. ¿Te mencioné que tengo la idea de sacarle fotos al humo de… ah, ya te lo dije. Bueno, eso. Poder mostrarle al mundo que hay más de un significado en las cosas, pero que a veces uno no las ve. Onda, Mire, es humo, pero también puede ser un mensaje. Partir de a poco, sacando fotos en la calle, mostrarlas a amigos, subirlas a las redes. Algún día armar una expo. Una que incluya la foto del Alfredo, si es que la llego a recuperar. Mostrar que donde había un cincuentón derrotado, yo vi a alguien que por un rato logró vivir una vida bonita.

Me gustaría hacer eso. Ojalá lo haga algún día.

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