El Pérsonal dejó la radio sobre el pasto y apretó Play. Se alejó de ella aplaudiendo, a ritmo con lo que comenzaba a sonar, una polirítmia de tambores polinésicos entrecruzados con ruiditos que solo habitan dentro de un sintetizador, emboscados cada cuatro compases por un sample de una cantante soul de fines de los 60s lanzando un apasionado We Gotta Get it!!!, designado originalmente para amplificar la emoción de una canción de protesta por los derechos civiles. Sus alumnas abandonaron las magras elongaciones que habían estado realizando los últimos cinco minutos y se pusieron en posición para dar comienzo a la clase de zumba. El manchón de pasto más grande de la plaza se llenó de muslos envueltos en licras de colores fosforescentes elevándose por los aires, rozando unos con otros, acompañados por aleteos a medio camino entre un gesto de gimnasia y el contrapeso necesario para mantener el equilibrio. Al mando de todo estaba el Pérsonal, vestido con un entero sintético de color negro ajustado a su fibroso cuerpo, un pañuelo gris adornado por una calavera sonriente y unos lentes anchos, con cristal espejo, estilo Arnold Schwarzenegger en Terminator. Cada movimiento que él decidía realizar era copiado por sus alumnas. Cada decisión venía elegida de antes por la rutina que realizaba todos los martes, jueves y sábados en las populares clases de zumba que organizaba la municipalidad.
La coordinación de las participantes no era la ideal. Todas mujeres de entre 40 y 50 años sin ninguna experiencia previa en gimnasia, danza o cualquier otra de las disciplinas fagocitadas por la zumba, compensaban esta falta con alegría y perseverancia. La diferencia entre la elegancia y precisión de los movimientos del Pérsonal con la de las participantes era difícil de ignorar, especialmente para él. Parte fundamental de su trabajo era reservarse todo tipo de juicios, sublimándolos en correcciones y consejos entregados de la manera más amena posible, cosa de que no interrumpieran el flujo de la actividad ni el entusiasmo de las vecinas. El Pérsonal realizó un rápido conteo de asistentes: 18. Faltaban dos. La Jessica no venía hace tres clases, por lo que ya podía darla de baja. La otra ausencia tenía que ser Sol. La idea de que también hubiera decidido retirarse lo fascinó. No solo era una de las peores alumnas, considerando tanto su performance como su respeto por las normas, sino que también había agarrado la costumbre de llegar acompañada por su hijo. La presencia de otros hombres en las cercanías de la actividad ya lo molestaban de por sí: tener que alejar a la pareja de guardias del metro que se paraban a observar a las señoras le causaba un disgusto enorme. Tener que además trabajar bajo la mirada de este cabro flaco, largo y lechoso, que envés de sentarse en el pasto a mirar su teléfono y evadirse por completo de la realidad como lo haría cualquiera adolescente, se quedaba de pie observando la clase, sin nunca cambiar de posición o aburrirse, le parecía intolerable. Pasaron varios días así hasta que el cabro aprovechara un break para acercarse al Pérsonal y entregarle una serie de correcciones y sugerencias. Impactado por el atrevimiento de este aparecido, el Pérsonal se quedó en silencio. Sol se acercó a jactarse del buen ojo de su hijo y lo inteligente que era, su talento para notar cada problema y dar con la corrección perfecta en cosa de segundos. El resto no se demoró en reaccionar. Aplaudieron cada comentario, llegando incluso a sugerir, solo medio en broma, que el cabro debería unirse como profesor asistente. El éxito de esta intervención lo convenció de que sus críticas eran bienvenidas, por lo que las repitió en las clases siguientes. Cuando el Pérsonal lo cortó en la mitad de una de sus revisiones de rendimiento, diciéndole que por qué mejor no se unía al grupo, cosa de que pudiera ver desde más cerca cómo se realizaban las actividades, él aceptó. Como siempre venía en polera y short deportivo, sospechaba que esa había sido siempre su intención. El Pérsonal dio por hecho que integrarlo a la clase lo haría callar: era media hora de ejercicio aeróbico, por lo que no tendría el espacio ni el oxígeno para sus comentarios. Pero el cabro no solo continuó con sus aportes, sino que interpretó la invitación como una confirmación de la importancia de su labor, además de una muestra de cercanía con el instructor. De dar los comentarios desde un costado de la clase, esperando las pausas, el cabro pasó a gritar correcciones y señalar errores apenas los notaba. El Pérsonal pasó a sentir que la clase se le escapaba de las manos, tornándose en una serie de correcciones intercaladas por breves momentos de zumba. Que las señoras celebraran el entusiasmo del cabro lo hacía sentir cada vez más acorralado por esta noción.
Los cinco minutos de clase que llevaba realizando sin la presencia de Sol y su hijo lo tenían encantado. No se acordaba de otras ocasiones en las que hubiera disfrutado tanto al mando de la zumba municipal. La atención de las señoras estaba enfocada solo en él. Cada movimiento que hacía era imitado con medio segundo de retraso por las 18 mujeres de mediana edad que tenía al frente. La música sonaba al volumen que él quería. Incluso si llegaran a aparecer la pareja de guardias del metro, esas hienas sexualmente frustradas que no hacían el más mínimo esfuerzo por disfrazar sus intenciones, no podrían arruinar esa mañana perfecta. De todas formas, la experiencia había enseñado al Pérsonal a esperar siempre lo peor. Su atención se desviaba por voluntad propia hacia las escaleras del metro, el portal infernal de donde emergería Sol corriendo a tropezones, con una lonchera de las Chicas Superpoderosas en una mano y el adolescente endemoniado en la otra. Cuando efectivamente ocurrió, el Pérsonal no supo diferenciar la realidad de lo que alucinaba por culpa de la rabia. Sol llegó gritando las razones habituales de sus atrasos, integrándose sin pedir perdón ni darse cuenta de todo lo que interrumpía el flujo de la zumba. Su hijo se situó a su lado, asumiendo las posturas y movimientos en silencio. El Pérsonal lo miró fijamente. Cuantos momentos de calma le quedarían antes de que empezarán las correcciones. Cada orden, conteo o movimiento que hacía eran recibidos por toda la clase, pero él los hacía pensando en el cabro, dando por seguro que les encontraría una falta.
La clase transcurrió con una inquietante normalidad. Sol se calló rápidamente sus historias del metro y cómo nunca era capaz de tener cargada la tarjeta. Su hijo acató los movimientos sin que mediara duda alguna. Al mirar su enorme reloj, el Pérsonal se dio cuenta de que si seguían de esta manera diez minutos más, habría hecho una clase entera en paz. La pareja de guardias del metro no había aparecido, pero eso era secundario. Buscándolo con la mirada, vio que el cabro seguía los movimientos con la cabeza gacha, la vista clavada en sus pies. El Pérsonal pensó que quizás le había pasado algo, alguna tragedia ajena a la zumba se le había montado sobre los hombros e intentaba derribarlo. Descartó de plano un problema sentimental: el cabro era demasiado feo y demasiado insoportable como para caerle en gracia a una mujer. Para qué decir que ir a clases de zumba con su mami no era muy buen material de seducción. El motivo de su turbación pasó rápidamente a un segundo plano apenas el Pérsonal cayó en la cuenta de que podría fingir preocuparse por sus problemas. Se acercaría, lo cuestionaría por su cara larga, falta de motivación y más que nada (esto era el golpe maestro), abandono de sus muy bienvenidos aportes a la clase. No había manera de que ponerlo en una situación así no lo destruyera por completo. Sería incapaz de dar una respuesta convincente, menos aun de abrirse con comodidad. El Pérsonal se mostraría comprensivo: recurriendo a la jerga del mundo del deporte, lo instaría a seguir esforzándose por lograrlo, enfatizando esa fulgurante vaguedad que habita en el núcleo del marketing deportivo. El cabro no sería capaz de volver a mirarlo a la cara sin recordar aquella humillación. Si se resistía, le diría algo tipo No tiene nada de malo mostrar tus sentimientos frente a los demás. El Pérsonal se sintió como si hubiera sintetizado la bomba atómica.
Una ejecución sutil era clave para el éxito de su plan. Dejando la rutina fija en una secuencia de movimientos de fácil interpretación, comenzó a rondar a sus alumnas. Celebraba a las que lo estaban haciendo bien e ignoraba los errores de las que no. Se fue acercando de a poco a su presa, esquivando con movimientos de alfil las piernas y brazos que volaban por los aires. Evitó prestarle demasiada atención a Sol: si llegaba a envolverlo en alguna de esas historias que era capaz de enhebrar sin nunca abandonar el baile, podía sabotear el plan por completo. Se limitó a elogiar su entusiasmo. Sol respondió algo que no se dio el tiempo de escuchar: estaba ocupado en ejecutar a la perfección esa agachada comprensiva, ralentizada por la paciencia, la nivelación del entrenador que busca crear una burbuja íntima con uno de sus seleccionados. Tanto el volumen con lo que se lo dijo, gritándole como si no estuvieran a centímetros uno del otro, como la facilidad que tuvo para calificar la clase de desastre absoluto, fueron suficientes para que el Pérsonal abortara su plan. Aprovechando que el cabro seguía con la cabeza gacha y que le correspondía realizar un movimiento en el que debía flectar las piernas, se irguió y le descargó un combo en la nuca. Fueron semanas de ira, minutos enteros en los que había sentido su sangre hervir de odio contra ese pendejo que venía a decirle lo que estaba haciendo mal a él, un experto del fitness y el cuidado del cuerpo. El cabro se desplomó, cayendo con el cuello laxo y los brazos aplastados por el tronco. De espaldas a su víctima, el Pérsonal no podía verle el rostro. Tampoco lo escuchó decir nada. Sus piernas estaban preparadas para rematarlo en la eventualidad de que se le ocurriera criticar su ataque. El grito horrorizado de Sol le sirvió de pistoletazo para comenzar la huida. Corrió por los senderos de maicillo del parque, notando la música que él mismo había elegido disipándose a su espalda. Cuando escuchó que la canción llegaba al grito de We Gotta Get it!!!, el Pérsonal ya doblaba una distante esquina y se perdía entre los callejones.
Entró de golpe en su departamento de dos ambientes. La puerta rebotó contra la pared y se devolvió hasta cerrarse. El Pérsonal corrió hacia su pieza, volviendo al living-cocina con un mat de yoga bajo un brazo, un frasco enorme de suplementos proteicos en el otro, pesas y otras herramientas de gimnasio balanceándose sobre sus antebrazos. Extendió el mat sobre el piso de madera falsa y tomando una mancuerna en cada mano, comenzó a hacer una mezcla de flexiones y levantamiento de pesas. Fue contando en voz alta las repeticiones. Inhalaba y exhalaba con brusquedad. Cuando llegó a las cincuenta, apoyó las pesas sobre el piso y se levantó de un salto. Se llenó la boca de suplemento proteico en polvo, masticó, tragó y pasó a hacer sentadillas. Para concentrarse, fijó la vista en el muro que tenía al frente, específicamente en el cuadro de la bandera de los Ustacha. Hace no demasiados días atrás, ese espacio había sido ocupado por un poster con el águila de hierro, pero cuando leyó por Internet, en un sitio de ciber extremistas filo (aunque no necesariamente) croatas, que hasta los nazis temían a los Ustacha, lo reemplazó esa misma semana. Ahora entrenaba bajo la mirada de Ante Pavelić, la inspiración perfecta para el enfrentamiento que se le venía. Contó 50 sentadillas y varió hacia los abdominales. Los músculos le ardían por el calor: se quitó el traje sintético, quedando solo en calzoncillos. Notó el reflejo de su cuerpo en el ventanal, y con ello el sudor emanando de sus poros, los pectorales asumiendo contracciones involuntarias… debía entrenar más duro.
De la calle le llegaban los ruidos habituales: alarmas, motos, micros, gritos, risas. Cada vez que sonaba uno fuera de lo común, el Pérsonal se detenía y escuchaba. Se quedaba inmóvil, atentísimo. Solo cuando estaba seguro de que no era una sirena de pacos, resumía la secuencia. El enfrentamiento era inminente, el enfrentamiento era demasiado inminente. No había manera que las alumnas de la zumba no lo hubiesen denunciado. Los organizadores del taller tenían todos sus datos. Vendrían por él. No uno, ni dos. Una brigada completa. Fuerzas especiales. Le sumarían a la agresión de ese día la vez en que había perdido la paciencia con esa arquitecta de veintypocos años que lo hacía pegarse el pique hasta La Dehesa todas las mañanas para que la entrenara y que insistía con tomarse un descanso —un jugo de guaraná con hielo y una rodaja de limón— después de cada secuencia, a la que había insultado hasta que se puso a llorar, como también al ex almirante de la FACH al que hizo repetir una sentadilla que tenía dificultades para realizar —cargaba con una rodilla perforada, dolencia que forzó su retiro— hasta que se desmayó del dolor.
El Pérsonal se paró de un salto. Su respiración era veloz y entrecortada como la de un perro asustado. Ahora le correspondía fortalecerse los nudillos. Cruzando hacia la cocina, se situó frente al muro de hormigón y empezó a golpear. Cada impacto resonaba por el espacio, transmitiéndose por las paredes hasta que se encontraba con el siguiente. Entrenó hasta haberse pelado por completo la piel de las manos, las que puso bajo el agua fría. Sintió un grito de dolor escalándole la garganta, pero lo detuvo antes de que lograra salir a avergonzarlo. Con las manos vendadas, regresó al centro de su departamento. En cualquier momento llegarían, pero él estaba listo. La debilidad de los demás no tendría cómo burlar su fuerza personal. Se posicionó frente al ventanal, concentrado solo en su reflejo. Observó su cuerpo de pies a cabeza, el pecho lleno de manchones de piel irritada, el cuello enmarañado de tendones endurecidos y palpitantes, las manos rojas, con el vendaje manchado de sangre coagulada crujiendo cada vez que formaba y soltaba el puño.
El sol se puso sobre el horizonte, cayó la noche. Al anunciarse el amanecer, él seguía ahí, listo.
