Si su teléfono dejaba de sonar, Nora sabía que era porque algo había salido mal. En el centro cultural donde trabajaba todos dependían de todos. Los proyectos se desarrollaban en movimiento, yendo de mano en mano para que nadie pudiera ser señalado como el culpable de un eventual desastre. Ella amaba las artes y admiraba la creatividad, pero nunca se había terminado de acostumbrar a formar parte de la maquinaria industrial que conectaba al artista con el público.
Salvo que la necesitara para un evento o un lanzamiento, su horario de trabajo era bastante regular. Entraba en las mañanas, contestando mensajes y llamados desde el momento en que apagaba la alarma del despertador, y salía en las tardes, un poco después de que los reflejos del atardecer sobre la pantalla de su computador se le cruzaran en el camino de los mails. Drenada de energía, evitaba todo tipo de invitaciones que la desviaran de su camino al departamento. Su cena era un plato de frutas y cereales bajos en calorías, que consumía con la mano que no tenía ocupada en cerrar los últimos cabos sueltos del día. Ale, su pareja, la observaba ir de un rincón del departamento al otro, esperando el momento en que su energía finalmente se agotara y pudieran dar inicio a su ritual de relajación. Ocupando sus puestos en la cama, encendían Netflix, e ignorando la inagotable lista de recomendaciones y novedades que la plataforma consideraba podrían ser de su interés, daban Play a Friends.
Ya habían completado el ciclo de episodios y temporadas no estaban seguros si tres o cuatro veces. Conocían cada detalle de la evolución de Rachel desde una camarera despistada a una diseñadora de modas obsesionada con su empleo, al punto de estar a punto de quebrar la máxima sagrada de las sitcom de que el amor está por sobre todas las cosas. Joey y Chandler nunca fallaban para sacarles risas, inclusive en el último tercio de la serie, cuando el primero está gordo y asentado como marido de Mónica (a la que consideran algo enervante) y el segundo se convirtió en un dibujo animado de carne y hueso. Phoebe los enternece y cada vez que Paul Rudd aparece en escena, Nora comenta que no ha envejecido un solo día entre los 90s y hoy. Cerca del final del segundo episodio de la noche y el comienzo del tercero ya están lo bastante relajados y somnolientos como para apagar el televisor y conciliar el sueño. Más de una vez han sido despertados en la mañana por la canción del inicio, generalmente el momento más ruidoso de la narcotizante serie noventera y uno de los pocos elementos de ella que no aprecian: Nora la encuentra demasiado ruidosa, Ale la considera una pésima canción.
Dado que su oficio como compositor de música para comerciales no le exigía un horario fijo, Ale terminó por adherirse a la rutina de Nora. Realizaba una versión en cámara lenta de su frenético paso por la ducha y la cocina, viéndola salir a la carrera desde su puesto de vigilancia en la mesa de la cocina, con la cuchara en su mano y un plato de cereales para niños bajo su mentón. No se vestía hasta cerca del mediodía, realizando sus encargos de jingles y piezas de acompañamiento para comerciales de autos o supermercados con un computador y el teclado electrónico que ocupaban la sala de estar. Su día pasaba modulando tonos y simplificando melodías, cosa de ocultar cualquier indicio de experimentación musical y así satisfacer las exigencias de sus clientes. Más de alguna vez se había encontrado pensando en la intro de Friends como molde cuando no sabía hacia donde llevar una melodía. A pesar de que la detestaba, tenía que reconocerle su poder para atraer buenos ánimos y positividad, por mucho que fuera de una manera similar a la de la mierda llamando a las moscas.
Antes de que ascendieran a Nora al cargo de “jefa de comunicaciones”, Ale y ella tenían la costumbre de concertar almuerzos en algún café que les quedara a medio camino entre sus oficinas. Nora le contaba entusiasmada por la exposición que estaban produciendo y Ale le enseñaba las maquetas de las canciones que componía, retirándose del local con las manos cargadas del valioso feedback que se daban uno al otro. Ahora su comunicación ocurría más que nada por mensaje de texto y siempre en tiempos diferidos. Parte importante de lo que se decían eran muletillas sacadas de Friends, las que usaban como guantes de goma con los que tomar de manera segura los temas cotidianos que podían provocar malentendidos. El sistema funcionaba a la perfección: no había problema o discusión que no pudiera ser aliviada invocando la imagen de Joey vestido con toda la ropa de Chandler o Ross disfrazado de armadillo.
Una tarde en que el jefe de Nora la había usado para descargar toda la rabia y frustración que su desastre de divorcio le estaba causando y Ale se había visto obligado a partir de cero con un encargo por culpa del analfabetismo digital de sus clientes, se encontraron con que Friends no figuraba en la lista de contenidos de Netflix. Nora lo corroboró con su teléfono: la plataforma de streaming había perdido los derechos de la serie esa misma mañana en un feroz duelo comercial entre las productoras. Incrédulos, prendieron y apagaron el sistema varias veces, confiando en que la ordenanza se hubiera retrasado y así dar con algún vestigio de Friends que hubiera logrado escapar del desastre como esos soldados que sobreviven a la guerra para contar la historia. Pero no hubo caso. La plataforma ni siquiera parecía guardar recuerdo de alguna vez haber ofrecido las aventuras de los seis amigos neoyorkinos.
En uno de esos breves chispazos de oportunidad que sorprenden al cerebro cuando está enfrentando una crisis, Nora sugirió que por qué no aprovechaban para resumir sus respectivas lecturas, buscando transmutar un mal momento en una oportunidad para recuperar un buen hábito. Ale estiró una mano para alcanzar su libro sobre fenómenos físicos explicados por un divulgador científico y Nora buscó la hoja con la oreja torcida en el suyo donde una premio nobel rememoraba las siete vidas de sus gatos. Leyeron en silencio por cinco minutos, hasta que Nora le pidió exasperada a Ale que dejara de frotar su pie contra el borde del plumón. Él negó haber estado haciendo eso. Se quedaron en silencio, hasta que Ale declaró que estaba demasiado cansado para leer. Nora sugirió que por qué mejor no prendían el Netflix y buscaban alguna película vieja o le daban una oportunidad a una serie estreno. Consideraron varias opciones, pero siempre había una razón para descartar a uno u otro candidato. En su impaciencia terminaron seleccionando un documental sobre la 2da Guerra Mundial. Apenas aparecieron las primeras imágenes de archivo sobre los campos repletos de prisioneros y las ciudades hechas escombro, Nora ya le gritaba a Ale que cómo se le podía ocurrir que esas imágenes miserables eran lo que ella necesitaba después de la mierda de día que había tenido. Él se defendió diciendo que ella había sido la que sugirió la selección. Con las metralletas y bombardeos como música de fondo, la discusión pasó a incluir la pila de platos sucios y pelusas sobre el piso con los que Nora se encontraba día por medio cuando volvía de su trabajo, a la manera en la que las preocupaciones laborales de ella se habían convertido en el único tema de conversación de la casa. Cuando se encontraba ya en un punto de sobrecarga, el cerebro de Ale le sugirió una frase de Friends que complementaba a la perfección lo que Nora acababa de decir. Envés de encontrar el alivio que esperaba, se encontró tiritando de rabia cuando ella envés de aceptarla, se la corrigió. No se dieron tregua hasta bien entrada la noche, momento en que ya no se podían los ojos del cansancio y el documental entraba a detallar las condiciones de la rendición de Alemania.
Cada hora de sueño que no pudo obtener le pesó como un ladrillo sobre la cabeza a Nora. Los ojos le ardían. Tenía los oídos tan sensibles que podía anticipar cada dolorosa vibración de su teléfono. Incapaz de dar con el blindaje contra la realidad que le otorgaba estar 100% enfocada en su trabajo, el ambiente en su oficina le pareció no menos caótico que un psiquiátrico en llamas. Lo peor de todo era que no podía quitar de su cabeza a pelea de la noche anterior. Argumento tras argumento reaparecía analizado y corregido, soldados entusiastas listos para el segundo round.
Llegó apenas a la hora de almuerzo. Sintiendo que si no hablaba con alguien iba a estallar, se acercó a una colega. Trabajaban bien en equipo y habían compartido más de una copa de champaña durante los eventos; Nora concluyó que esto era lo más cercano que iba a encontrar a una amiga. Fingió que era un día como cualquier otro cuando se sentó a su lado, dándole el espacio para que ella le hablara sobre el trabajo. Nora asintió e hizo su mejor esfuerzo por guiar la conversación hacia un hueco donde pudiera introducir su pelea con Ale, dándose cuenta que en menos de un minuto ya estaba alterada por una presentación atrasada o apelación a un concurso de la que había que hacerse cargo.
Llevándose el teléfono al oído como si hubiera recibido una llamada urgente, dejó a la colega hablando consigo misma. Fue directo hacia la salida, ignorando las alarmas que se disparaban dentro de su cabeza para avisarle que su cartera seguía adentro o que irse a mediodía podía tener consecuencias desastrosas para su carrera. Tomó un taxi sin tener con qué pagarlo. Cuando por fin pudo entrar a su departamento, estaba tiesa. El temor a las consecuencias por lo que había hecho ya había drenado fuera de su cuerpo cualquier reacción. Tanto porque no había razón para que Nora apareciera a esa hora como porque también seguía malherido por la pelea de la noche anterior, Ale no fue capaz de llegar a una reacción apropiada, así que la observó en silencio mientras se desvanecía sobre el sillón adyacente a donde él estaba sentado con su teclado.
Se lanzaron miradas de reojo, ambos temerosos del contacto visual. De fondo sonaba el proyecto en el que Ale había estado trabajando. Ambos se aferraron a él para evitar ser el primero en hablar. Fue Nora la que finalmente dijo algo, comentando que lo que sonaba le recordaba al intro de Friends. Ale no se dio cuenta que sonreía: efectivamente tenía un parecido bastante notorio. Aplaudiendo el buen oído de Nora, le señaló dónde estaba la similitud, pero apenas empezó a tocar el tema de Friends ella lo detuvo, pidiéndole entre risas que si volvía a escuchar esa puta canción trillada una vez más, se iba a tirar por el balcón. Ale asintió, mencionando que él también la encontraba detestable.
Almorzaron en la cocina, algo que no hacían hace años. De a poco fueron sobrevolando el tema de la pelea, dándose cuenta cuando ya estaban sobre ella que no valía la pena revivirla. A su vuelta al living, Ale se sentó frente al teclado. Soltando un suspiro, comentó lo cansado que estaba de componer música a pedido. Desde el sillón, Nora le preguntó si aún recordaba sus canciones propias. Ale negó con la cabeza, pero le ofreció a modo de consuelo si quería escuchar algunas ideas con las que había estado jugando en sus descansos. Ella asintió, y cerrando los ojos, escuchó la música hasta que se quedó dormida.
