(English Version)

Un poco más de un año después de que mi madre perdiera su lucha contra el cáncer, el tío Chechi se mudó definitivamente a nuestra casa. Era el hermano menor de mi mamá y había sido el punto de entrada de mi papá a esa familia. Mi tío y mi viejo se conocieron en circunstancias completamente comunes y corrientes y adolescentes, volviéndose mejores amigos en poco tiempo. Compartían cosas muy importantes, como el sentido del humor y la inseguridad hacia el futuro. También compartían una reverencia muy mal disfrazada hacia mi madre. Los tres se enfrentaban como uno a lo que fuera que les viniera por delante, incluyendo el mundo laboral, mi nacimiento y la muerte de ella, por lo que cuando perdieron a su líder, mi viejo y mi tío Chechi quedaron a la deriva. El primero logró ignorar el dolor que lo abrumaba enfocándose en sus tareas como psicólogo laboral y padre soltero, pero mi tío tuvo que darse cuenta de golpe que fuera de su grupo de amigos, a nadie le importaba que pudiera saltar en skate por sobre tres botellas de cerveza vacías. No se le deba fácil llegar a la hora ni aun menos recibir órdenes. Cada vez que aparecía en nuestra casa, traía un six pack de chelas y una nueva historia de un jefe abusador o compañeros de trabajo desleales. Fuera del triángulo que componía con su hermana y su cuñado, el tío Chechi era espectacularmente inútil, pero cuando mi viejo le pedía algo, especialmente si tenía alguna relación con mi madre, por muy mísero que fuera él nunca fallaba. De a poco fue aumentando la frecuencia con la que me lo encontraba en nuestra casa. Llegaba del colegio y me lo encontraba limpiando ventanales subido en una escalera telescópica, cociendo tallarines en una olla enorme o haciendo reír a mi viejo con sus anécdotas sexuales, el tío Chechi logró justificar su papel en nuestra vida doméstica a tal punto, que finalmente mi viejo lo invitó a que se mudara con nosotros. No es que hubiera un gran cambio ni nada: la almohada de la pieza de invitados ya tenía la forma de su cara hace tiempo.

Mis amigos decían que mi tío Chechi era el mayordomo de mi viejo, aunque a mis espaldas se reían diciendo que eran esposos. Como mi viejo trabajaba hasta tarde y el tío Chechi no salía nunca de la casa, los roles que cumplían en relación a mí y mi crianza se empezaron a confundir. La frontera entre el padre ausente y el tío omnipresente se volvió permeable, al punto de que terminé por decirle Tío a ambos. Mi viejo opuso una efímera resistencia, levantada desde lo que dictaba la psicología sobre las dinámicas padre-hijo, pero al poco rato desistió. Una de las pocas gracias de haber perdido a tu madre, es que nadie te lleva la contra por mucho tiempo.

Aunque evitaban hacerlo las noches en que yo tenia colegio, mis tíos tomaron la costumbre de tomarse unas cervezas sentados en la terraza. Tiraban la talla y se acordaban de anécdotas del colegio. Casi siempre era el tío Chechi el que llevaba la batuta, hablando a la velocidad de la luz y acelerando a medida que se acercaba al desastre, proeza sexual o mezcla de ambas con las que remataba sus historias. Mi viejo siempre era parte de ellas, debutando y saliendo a medida que la trama lo requiriera. De vez en cuando también aparecía mi madre, causando que la historia quedara suspendida en el aire, perdiendo ímpetu hasta que inevitablemente se convertía en una remembranza de sus infinitas virtudes. Nunca los escuché decir una sola cosa mala sobre ella; y eso que cuando los escuchaba variar hacia ese tema, podían quedarse hablando toda la noche. La manera en que mi viejo se refería a ella, particularmente su elección de palabras, muy distinta de la jerga freudiana y los refranes sin humor que componían su forma de hablar, me enseñaron que el amor existe, pero también me hicieron entender que tanto como llega, se puede ir, a veces sin consulta previa a tus deseos. Y por la manera en que mi tío Chechi hablaba de las mujeres, comprendí también que eran un trofeo tan deseable como peligroso. La mesa de vidrio con patas blancas y descascaradas en torno a la que se sentaban quedaba directamente debajo de mi ventana, por lo que sus visiones extremas de la mujer conformaron las dos caras de la moneda sin bordes con la que yo salí a enfrentar mi adolescencia.

Yo era un niño callado, más el traumatizado que sufre en silencio que el que toma un arma y aterroriza un mall. Me iba bien en el colegio e hice amigos que me invitaban a sus casas y yo a ellos a la mía. Lo de mi madre siempre les daba cosa, por lo que la amistad que me ofrecían era más bien superficial, pero a mí me parecía suficiente. Mis tíos vivían tanto a la sombra de la tragedia, que cualquier rayo de sol que me ofrecieran me resultaba tibio. No era que yo anduviera por la vida sacando a colación el tema de la muerte, pero bastaba con entrar a nuestra casa para toparse de frente con el cuadro que mandaron a hacer para el funeral, un óleo de mi madre en colores opacos, su rostro mirándote con bondad, para entender cuál era el eje en torno al cual giraba ese hogar.

La única que resultó inmune a la mirada del cuadro fue la Rena. Cuando la conocí me sentí frente a un extraterrestre o una especie que se suponía extinta. De apariencia calzaba con los atributos que mi tío Chechi destacaba como fundamentales en una mujer. Cuando hablé con ella, me di cuenta que muchas de las palabras que mi viejo le dedicaba a la memoria de su mujer también me hacían sentido para expresar lo que sentía. Pero había algo más, un tercer elemento que no calzaba con el relato del cielo y el infierno que había aprendido de mis tíos: la Rena era atenta y compasiva con el resto, pero nunca al punto de ignorar sus propios deseos y objetivos. Una vez la escuché decir que su manera de ver el mundo era como el protocolo de emergencia en los aviones: primero encárguese de su seguridad y después asista a los demás. No me da vergüenza admitir que la única razón por la que la Rena me pescó fue por algo físico. Tuve la suerte de poder afrontar los años más duros del colegio con un póker de rasgos finos perdonados casi completamente por el acné, pelo grueso que parecía saber peinarse por sí mismo y un físico acorde a mi participación 100% evasiva de la realidad en la rama de natación del colegio. La Rena tenía 18 y ya estaba considerando qué especialidad tomaría una vez titulada. Estaba claro que no había nada que le pudiera ofrecer en el plano intelectual.

La poderosa autonomía de la Rena fue sin dudas lo que la blindó en su entrada al templo a la memoria de mi madre. Ni mis amigos más sarcásticos se atrevían a decir algo cuando se encontraban bajo la mirada del óleo. Ella lo tildó de hermoso y conmovedor, una bellísima pieza de arte, pero nada más. Mis tíos quedaron completamente catatónicos cuando la Rena me tomó de la mano y llevó a la terraza, preguntando en la misma oración donde podía sacar más sillas y más cervezas. Esa fue la primera tarde en que me senté a la mesa de la terraza con mis tíos. Esperé lo peor: estaba seguro que nos harían pagar por abandonar nuestro rol asignado.

No sé cómo, pero sobrevivimos a esa tarde y a otras similares. La Rena aceptó volver a ir a mi casa, sin siquiera comentarme algo sobre la dinámica de mis tíos. Una sola vez me preguntó por la historia de mi madre. Volvíamos de una junta, llovía y era de noche. Ella iba al volante, por lo que nunca quitó los ojos del asfalto mojado. Su pasividad me impulsó a relatar los hechos con especial objetividad: me demoré solo un par de cuadras en contárselo todo. La Rena me ofreció el asordinado consuelo de su mano sobre la mía, siempre y cuando no la necesitara para pasar un cambio. Solo cuando llegamos a mi casa se refirió al tema, diciéndome que valoraba mucho la confianza que había depositado en ella. Me fui a la cama con sus palabras cobrando vida dentro de mis oídos.

El pololeo con la Rena duró exactamente seis meses. Llegó a un abrupto fin una tarde de viernes en que se fue a mi casa y subimos directamente a mi pieza. Ella venía de vuelta de una vacación familiar que se alargó un par de semanas más de lo presupuestado, por lo que nos echábamos de menos como una polilla sin un foco. No notamos el abandono con que nos lanzamos el uno sobre el otro hasta que escuchamos a mis tíos comentándolo en la terraza. La Rena fue la que se dio cuenta. Estábamos echados sobre la cama desecha. Pegándome una palmada en el pecho, me señaló con su cabeza hacia la ventana, que cerrada y todo nunca había aislado mucho. Escuchamos en silencio a mi tío Chechi apreciar la manera en la que su sobrino hacía gemir a su polola, seguido por mi viejo juzgando la falta de virtud de la mujer con la que yo había elegido compartir mi vida. La Rena estaba furiosa. Si no la detenía, era capaz de abrir la ventana y sacar medio cuerpo en pelota para putearlos. Le pedí por favor que no lo hiciera. Como no fue suficiente, la tuve que tomar de la cintura y sostener. Me miró a los ojos, dándome a entender que tenía exactamente un segundo para soltarla. Suspiré, el aire saliendo de mi boca a golpes, entrecortado por mis nervios. Le pedí por favor que no la agarrara contra mis tíos. Ella me preguntó si acaso no había escuchado lo que dijeron. Asentí, pero le volví a pedir que no la agarrara contra mis tíos. La sentí retorcerse en mis brazos como una descarga eléctrica. Corriendo la mirada hacia la pared, aceptó lo que le pedía. Como dejó de forcejear, la solté. La Rena juntó sus cosas y se fue.

No traté de llamarla ni nada. Tenía más que claro lo que había hecho, así que no tenía sentido tratar de excusarme o pedirle que me disculpara. Tampoco pretendía hacerla entender a la fuerza, mantener mi postura hasta ganarle el gallito. Preferí quedarme en mi error. Quería demasiado a mis tíos como para hacer lo contrario. Por un tiempo mantuve la esperanza de que la Rena sería la que me llamara. Una noche incluso alimenté la fantasía de que llegaría del colegio y me los iba a encontrar a los tres sentados en la terraza, habiendo solucionado el impase sin requerir de mi presencia. Pero nunca escuché de ella ni mis tíos cambiaron su forma de ser. Lo único que cambió fue que me empecé a sentar a la mesa de los tíos. No hubo un gesto que marcara mi incorporación ni menos aun algún ritual de iniciación. En silencio me llevé a la boca la chela que me pasaron, escuchando las historias sexuales del tío Chechi. Lo único que cambió, fue que les empecé a encontrar la gracia.

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